Que sepa contar carbohidratos, que sepa bordar

8/21/18
ESCRITO POR: María Florencia Sosa
FOTO POR: Mariela Bizarro

 

Quería cantar el arroz con leche pero “carbohidratos” no me rima con nada, pero en realidad lo que quería es contar cómo resignifiqué el uso de las agujas este último tiempo.

 

Intentaré ser breve en este tramo: por causas que se desconocen, en las enfermedades autoinmunes (como la diabetes Tipo 1), de la noche a la mañana el sistema inmunológico considera que hay una parte del organismo que es nociva y la ataca hasta eliminarla. Tremenda confusión que no se puede prever y es irreversible. En el caso de los que tenemos DT1, el páncreas ya no es capaz de producir insulina, que es la hormona que habilita que la glucosa que hay en la sangre sea distribuida a todas las células del cuerpo para generar energía. Simplificando mucho, es eso. No se puede vivir sin insulina.

En el momento en que me diagnosticaron, lo primero que pensé, ingenuamente, fue: “ahora que ya sé lo que tengo, me dirán qué hacer y me voy a casa”. Al contrario, estuve internada en el Hospital y durante esos cinco días no aprendí todo, ni entendí bien cómo eran las cosas, pero sí me fui sintiendo mejor y haciéndome a la idea de que lo que vendría sería para toda la vida: la insulina que no tengo, tiene que entrar a mi cuerpo con agujas.

 

Descubrí que el páncreas tiene un diseño y un funcionamiento preciso y complejo. Sin él funcionando, hay un desbalance peligroso en el metabolismo. De modo que inicié mi tratamiento aprendiendo (o intentando) a hacer externamente lo que tan exactamente hace el páncreas cuando funciona. Necesitaba inyectarme una insulina basal (es el nivel de insulina en sangre presente cuando el metabolismo está en reposo, en ayunas por ejemplo, y que ayuda a mantener los niveles de glucosa estables). Yo usaba una insulina que se llama NPH, es de acción lenta, y viene en una especie de “lapicera” (fibrón, marcador, bolígrafo) al que se le agrega una pequeña aguja descartable y se puede regular la dosis a inyectar. Al principio me pinchaba sólo una vez al día para aplicarme esta insulina, pero llegué a necesitar particionar la dosis en dos, y después en tres puestas al día.

 

Con un digitopunzor debía pincharme el dedo para lograr una gotita de sangre y chequear mi nivel de glucosa con un aparatito que se llama glucómetro o medidor de glucemia. Esto antes de cada comida, antes de irme a dormir y antes y después de hacer ejercicio, da un total de entre cinco y siete pinchazos al día en los dedos.

 

También, necesitaba usar una insulina de corrección, de acción rápida, para aplicarme un “bolo” antes de cada comida y corregir los hidratos de carbono que tienen los alimentos y que hacen subir la glucemia. Fui aprendiendo a contar cuántos carbohidratos tienen las comidas y en base a esto y al valor de la glucemia que me daba el glucómetro, a calcular cuántas dosis de insulina Aspártica necesitaba, que viene en una lapicera también. Esto al menos cuatro veces al día (desayuno, almuerzo, merienda y cena).

 

Es bastante complejo hacer que todo este proceso funcione lo más parecido posible al trabajo que hace el páncreas (páncreas, ¡soy tu fan!), en el medio se pueden producir hiperglucemias (niveles altos de glucemia en la sangre) e hipoglucemias (niveles bajos) pero no quiero extenderme mucho más porque este es el punto al que quería llegar. Calculando por arriba, en un año hacía alrededor de 1.800 pruebas para medir glucosa y alrededor de 2500 aplicaciones de insulina. Eso quiere decir, más de 4000 agujas entrando y saliendo por distintas partes de mi cuerpo. No quiero que esto suene a melodrama, a lo que voy es que luego de siete años de vivir con diabetes y utilizar el tratamiento con lapiceras de insulina tuve la oportunidad y tomé la desición de cambiar en el 2017 a un tratamiento con bomba infusora de insulina con medidor continuo de glucosa. Esos aparatos que llevo ahora son los que me vuelven una androide, robot, cyborg, replicante. Pero además, permitieron que se reduzcan los pinchazos. Así, al año son alrededor de 60 pinchazos para colocarme el sensor (o sea, el medidor continuo de glucosa) y alrededor de 120 para cambiar la cánula que me conecta a la bomba. Las pruebas de glucosa en sangre siguen siendo alrededor de 1.800.

Dejando atrás varios de los pinchazos diarios mejoró mi calidad de vida, pero además, casi sin darme cuenta, surgió en mí la necesidad de aprender a bordar. Yo que apenas lograba coser un botón y ni siquiera tenía un costurero en mi casa. Miré tutoriales y me entusiasmé, me sentí capaz de hacer algunas cosas, así que compré poquitos materiales y probé bordar en papel. Tomé más envión y me anoté a un taller introductorio e intensivo. Le tomé el gustito, probé con otro taller más de una sóla clase, un poco más avanzado y también lo disfruté, y entonces me topé con un taller regular al que iba cada semana y se instauró como el momento de refugio de la semana, y en un espacio de aprendizaje y de reflexión.

No creo que sea casualidad, en esa búsqueda y deseo de aprender algo nuevo en un momento tan particular, lo que antes era funcional a una necesidad de salud, ahora es también una herramienta para la creatividad.

La aguja como pequeño objeto, restringida en un primer momento al uso inevitable que debía darle, con el dolor que a veces traía aparejado, se transformó también en algo que ahora tiene una connotación positiva y de posibilidades infinitas, y sin dudas, de liberación.

 

María Florencia Sosa

Florencia es cineasta. Ella vive en buenos Aires. Tiene 32 años y ha vivido con diabetes Tipo 1 desde los 24. Una de las maneras de combinar cine y diabetes es escribir sobre ambas en un blog. Puedes encontrar más sobre Flo en su Facebook https://www.facebook.com/cosmonauta.fotos y leer sus fantásticas historias en el blog https://dt1-cosmoflora.blogspot.com/