CARBOHIDRATOS Y CRAMPONES

8/18/16
ESCRITO POR: MICHAEL SHELVER

Ahora que lo pienso, probablemente tendríamos que haber llevado una carpa… y sacos de dormir, pero mientras yacía congelándome bajo mi frazada de emergencia (la había empacado, pero en realidad nunca pensé que la iba a utilizar), estaba saltando de la emoción. Aunque admito que estaba extremadamente incómodo, también sentía la euforia de encontrarme a medio camino hacia la montaña que había soñado con escalar desde que empecé a practicar el montañismo años atrás, el monte Rainier. Todo empezó cuando me trasladé a Oregón por la universidad. Mientras conducía por la Interestatal 5, vi el monte Shasta por primera vez y más adelante en la autopista, el monte Hood. Ambas montañas son parte de la cordillera de las Cascadas, una serie de picos volcánicos que recorren la Costa Oeste, desde el norte de California hasta llegar a Alaska.

 

Para llegar a la cima de estos montes necesitas ropa extremadamente caliente, botas aislantes, crampones, hachas para el hielo y una buena cantidad de tenacidad como prerrequisitos. Como no tenía idea de por dónde empezar, me pareció que inscribirme en el curso de montañismo a través de la Universidad de Oregón era un buen punto de partida. Unas cuantas semanas de clases nos enseñaron acerca de los distintos peligros, cómo evitarlos y las técnicas adecuadas de nudos y ataduras. Para completar esto, hicimos un viaje con la clase a las proximidades de Bend, Oregón. Pasamos tres días resbalándonos en la nieve, aprendiendo a usar la tan importante hacha de hielo, recorriendo grietas en equipos y también aprendimos a realizar el rescate en una grieta. Hacia el final del viaje, subimos Ball Butte, una colina (relativamente) pequeña. Realmente me encantó. Después del curso, empecé a comprar equipo y a trabajar para desarrollar mis habilidades de montañismo recién adquiridas. Mi primera cima fue el monte Hood, el ascenso más alto y más popular en Oregón. Estar en la cima, luego de haber recorrido nieve y hielo endurecido, me dio una abrumante sensación de gozo y logro. Estuve en el monte Shasta, en North Sister y en muchos otros picos. Cuando me preparaba para cada ascenso, siempre surgía la misma pregunta: ¿cómo lo logras si tienes diabetes?

 

Resulta que la respuesta es sencilla, pero abrumadora: prueba y error. Afortunadamente, el ciclismo competitivo durante la mayor parte de la universidad me enseñó bastante sobre el manejo de la diabetes Tipo 1 mientras me entrenaba en los deportes de resistencia. Me sentía cómodo con las tasas basales, cuánto y cuándo comer, pero el montañismo era un desafío muy distinto. A diferencia del ciclismo, el montañismo involucra grandes variaciones en el esfuerzo físico. Una hora puede incluir una caminata relativamente sencilla por una cresta, mientras que la siguiente podría incluir un ascenso casi vertical por una pared de hielo. Esta imprevisibilidad me obligó a cambiar mi estrategia por completo. En lugar de depender puramente de una baja tasa basal y de una ingesta constante de carbohidratos, bajaba ligeramente mi tasa basal y dependía más de la ingesta de alimentos; la aumentaba durante las secciones más difíciles y la bajaba durante los ascensos más planos y sencillos.

 

Para lograr esto, por lo general reduzco mi tasa basal a más o menos 75 % alrededor de dos horas antes del inicio del ascenso y la regreso al 100 % en la cima, ya que el descenso es mucho más fácil. He tenido la suerte de contar con el apoyo de Hammer Nutrition y uso sus geles, barras y polvos para regular mis niveles de glucosa en sangre. Por lo general consumo un par de geles (cada uno de ellos tiene más o menos 25 g de carbohidratos) antes y durante cada una de las secciones más difíciles, y uso las barras, algunas de las cuales tienen un mayor contenido de grasa, como el combustible principal el día del ascenso. Algunas de ellas pueden durar 16 horas o más. Incluso con toda esta preparación puede surgir lo inesperado y mis niveles de glucosa en sangre pueden variar bastante, especialmente con el efecto que la altitud tiene sobre la sensibilidad a la insulina (¡gracias cortisol!).

 

Otro desafío es el ambiente. En muchos casos, escalar nieve y hielo involucra condiciones frías, húmedas y ventosas. En la mayoría de los casos, especialmente cuando hace viento, no me puedo quitar los guantes con demasiada frecuencia o mis dedos se enfrían peligrosamente. Esto hace que revisar mis niveles de azúcar sea desafiante y a menudo poco realista. Para superarlo, dependo casi religiosamente de mi CGM (medidor continuo de glucosa por sus siglas en inglés) Dexcom para monitorearme a lo largo del ascenso. Lo guardo ya sea en el bolsillo delantero en mi pecho o en el bolsillo delantero de mis pantalones, y este me brinda datos en tiempo real de cómo se encuentran mis niveles. El frío también pone en riesgo a la insulina y a la tecnología sensible a la temperatura. Para impedir que mi suministro de insulina se congele y para evitar el frustrante “error de temperatura” en el medidor, los guardo cerca de mí a lo largo del ascenso y duermo con mi insulina, medidor y Dexcom dentro de mi saco de dormir.

 

Aunque tengo que dar unos pasos adicionales para manejar la diabetes, puedo escalar tan bien como quienes tienen un páncreas en plano funcionamiento. Esto me lleva de vuelta al principio, cuando me encontraba sobre una colchoneta, vestido con todas las capas que tenía, y aun así me estaba congelando. Mi compañero y yo estábamos tratando de escalar el monte Rainier, el cual involucra 9,000 pies (2,743 metros) de desnivel hacia la cima a 14,416 pies (4,393 metros), en un día y medio. Debido a que la ventana del clima se veía bien, hicimos a un lado el peso de una carpa y los sacos de dormir, y en su lugar decidimos descansar durante unas horas sobre las colchonetas, sólo con nuestras capas puestas. Si adelantamos unas horas a 11,500 pies (3,505 metros) cuando ya se había ocultado el sol y cuando el clima estaba más frío de lo previsto, nos estábamos congelando. De hecho, hacía tanto frío que iniciamos nuestro recorrido hacia la cima dos horas antes de lo esperado, lo que dio lugar a una experiencia increíble.

 

El ascenso involucró un prolongado esfuerzo por una pendiente cubierta de nieve hasta alcanzar los 10,000 pies (3,048 metros) y luego tuvimos que atravesar un glaciar hasta 11,500 pies (3,505 metros), donde acampamos y cenamos. Después de eso, atravesamos un glaciar mucho más grande con grietas aparentemente sin fondo y nos trasladamos con dificultad por la ruta Disappointment Cleaver, una difícil sección de roca volcánica. Un último e inclinado ascenso hacia y alrededor del cráter, nos llevó a la verdadera cima. Empezamos a las 10 a. m. y descansamos desde las 6 hasta las 10 p. m., cuando salimos hacia la cima. Después de 6 horas y de constantemente luchar con una serie de niveles altos de azúcar en sangre, llegamos a la cumbre con la salida del sol. Después de graduarme de la Universidad de Oregon esa semana, rápidamente me puse mi gorra y bata, algo que decidí que valía la pena el peso extra y tomé una foto con vientos de 60 mph. Monte Rainier… hecho. Graduación … hecho. Prosperar con diabetes … hecho.

 

 

 

MICHAEL SHELVER

Michael nació en Sudáfrica y se trasladó a California en 2002, donde se enamoró de las montañas a una edad temprana. Él trata de pasar tanto tiempo como sea posible en el campo, ya sea escalando, como mochilero o corriendo por senderos. Ha vivido con diabetes Tipo 1 durante 12 años, y definitivamente pasó por momentos complicados, pero los ha superado y ahora le va muy bien. Dato divertido: en 2015 escaló solo el sendero de John Muir y ¡se divirtió muchísimo! Él sueña con escalar el Denali en Alaska, y está tratando de lograrlo de manera activa. Visita su sitio web: http://www.trekkingwithtype1.com/ y síguelo en Facebook e Instagram como Michael Shelver.