CHARLI MI ÁNGEL


 

Recuerdo la sonrisa de Charli mostrando sus dientes separados, también sus vibrantes ojos verdes y sus grandes mejillas que no puedes evitar apretar.  Recuerdo su risita de alegría, entre dientes, las canciones que cantaba que la hacían sentir como una estrella pop, que realmente sonaban como la adorable niñita Boo en Monsters Inc.  Pero también recuerdo el cuerpo pálido y rígido de Charli, con sus grandes mejillas peligrosamente rojas, reposando en una cama de hospital el 20 de mayo de 2,009 y a mamá y papá reteniendo sus toneladas de lágrimas. No podía soportar las agujas que atravesaban a mi pequeña hermana y que la hacían gritar muy fuerte. Las instrucciones y los procedimientos de seguridad, los cuales  consumían el día de mamá, indicaban la forma apropiada de inyectar a su hija cada vez que quisiera comer. Los visitantes llevaban flores, mandaban besos y daban abrazos; recuerdo todo esto, especialmente siendo la hermana fantasma que era invisible pero que miraba todo.

Muy rápidamente descubrí que las cosas se iban a poner peor antes de que se pusieran mejor, y así fue. Charli estaba tan delgada que era difícil inyectarla debido a la poca grasa que tenía en su cuerpo. El primer día que vino de regreso a casa del hospital, intentamos ponerle una inyección pero movió sus brazos y piernas vigorosamente como si estuviera sacudiéndose para botar insectos de su cuerpo, así que la inyección resultó en mucho dolor.  Esto continuó por semanas y cada vez que lloraba su sufrimiento se metía dentro de mí, por lo que supliqué que esta situación terminara.  Aunque sabía que si mi deseo se cumplía, nunca más tendría una hermana a mi lado. Guardé mis lágrimas para mi almohada acolchonada que siempre me recordaba las mejillas de Charli.

Pensé mucho sobre su diagnóstico. Todo el mundo me hacía preguntas sobre Charli y su  diabetes tipo 1, pero rara vez me preguntaban cómo estaba yo. Para entonces yo solamente tenía siete años, pero sabía que también esta era mi vida; viendo agujas todo el día, los quejidos de una niña inocente y las olas de preguntas e inquietudes fluyendo sin parar en mi cerebro. Me preguntaba si volvería a ver esa sonrisa mostrando los dientes separados. Pero por supuesto, así fue. Si no ves a una niña de cuatro años sonreír en 24 horas es porque no tiene suficiente azúcar en su sistema o pasa algo realmente malo. Verla feliz me hacía feliz, sus sentimientos me afectaban.  A Charli le tomó mucho tiempo aceptar cómo sería su vida a partir de ahora, pero apenas tenía cuatro años y no sabía que las inyecciones la mantenían viva.  Todo lo que entendía era el dolor que le causaban.

Un par de años después, mi familia y yo nos quedamos en casa del tío Peter y la tía Susie, en Palm Desert.  Nuestros padres nos habían metido a la cama y me sentía tan relajada que me hundí en las sábanas como que fueran arena movediza. Aproximadamente a la 1:30 a. m., escuché un grito muy fuerte que venía de la cama de al lado. Siendo una pequeña cobarde, en lugar de encender la luz para ver si un asesino estaba matando a mi hermana con un hacha, me escondí bajo las frazadas y las usé como un campo de fuerza. Escuché unos pasos apresurados cerca de mí y llantos ahogados en toda la habitación, papá me quitó las frazadas y las luces casi me dejaron ciega.  A mi derecha, mi hermana tenía sus rodillas pegadas a su pecho, meciéndose para adelante y atrás, su cabeza y sus labios azules temblaban y sus ojos verdes brillantes estaban casi fuera de su cavidad viendo fijamente hacia adelante en estado de shock.

Mamá tomó a Charli en sus brazos y le preguntó a papá qué estaba pasando, pero no escuché respuesta, solamente leí los labios de mamá. Es como si hubiera estado sorda, pero me percaté de mi entorno y traté de entender lo que pasaba. Papá se me acercó y me pidió que fuera a la cocina a traer un poco de jugo de naranja para ayudar a mi hermana a que sus niveles de azúcar  en la sangre subieran, pero cuando papá trató de hacerla tomar el jugo, ella lo escupió. Lo intentamos muchas veces mientras que esperábamos a los paramédicos. La vida se extinguió de su cara y su cuerpo, pero sus mejillas nunca dejaron de moverse. Cinco minutos después, Charli se sobresaltó y su color regresó poco a poco.  El alivio hizo que mamá, papá y yo suspiráramos y que atacáramos a Charli, que estaba muy confundida, con abrazos. Ella  preguntó: “¿Qué pasó? ¿Por qué estoy sudando? ¿Por qué hay una ambulancia allá afuera?”  Esa fue la noche cuando tuvo su primera convulsión diabética. Charli no tuvo recuerdo alguno de ese momento.

Una vez que nos dejaron en nuestra habitación en silencio, Charli dijo: “Sydney, no le dije a mami ni a papi, pero te lo voy a decir a ti. Solamente recuerdo que estaba en el océano durante una tormenta y estuve a punto de ser atacada por un tiburón”. Me imaginé nadando en agua salada bajo un cielo muy claro, con Charli a mi lado chapaleando con sus manos provocando ondas a sus lados.  Una aleta apareció y unos dientes la atraparon y la sacudieron, pero nunca sentí alguna pena. Nadé hacia una isla para mi seguridad, pero Charli no me pudo seguir. Ella gritó pidiendo ayuda en la dirección opuesta sin darse cuenta del hecho de que la ayuda inalcanzable estaba un par de yardas detrás de ella. Este era mi sueño, pero también era la realidad. El tiburón era la enfermedad que estaba atrayendo la atención y reteniendo a Charli para evitar que llegara a la seguridad de la isla y yo no podía hacer nada más que resistir y observar, incapaz de alcanzarla y ayudarla.

Sydney-McCarter-2Mi invisibilidad se desvaneció lentamente, pero no me importó porque lo único  que yo podía ofrecer era apoyo, de lo cual Charli ya tenía mucho. Sabía que Charli obtenía más atención debido a su diabetes y yo por supuesto no quería recibir más atención debido a alguna enfermedad.  La tormenta de eventos alocados se calmó. Conforme nuestra familia entró en una rutina con la diabetes, mis celos por la atención disminuyeron. Aprendimos a trabajar juntos y estar preparados para lo peor.  Obtuvimos la tecnología que transformó la forma de manejar la diabetes, pero aún está lejos de reparar la parte rota de Charli.

Tener una hermana con diabetes tipo 1 tiene efectos negativos, pero también tiene  resultados positivos. Haber visto sufrir a alguien que amo me ha hecho mentalmente fuerte y he aprendido que tienes que apoyar a las personas que amas cuando están en momentos de necesidad. Me he vuelto más responsable con mis decisiones y he madurado más rápido que los otros chicos de mi edad. Aprendí que no importa lo que venga, tú tienes que estar disponible para tus hermanos; además aprendí que ellos son tus mejores amigos y que tú siempre los conocerás mejor que nadie en el mundo. Eso no significa que no te pelees con ellos; yo tengo suficientes peleas con mi hermana en las que nos echamos de cabeza, pero al final solamente digo: “¡Te quiero!” y todo está bien la mayor parte del tiempo.

Aprender sobre la diabetes tipo 1 me ha dado conocimiento sobre la vida y sobre cómo enfrentar situaciones en las que te sientes atrapado en un agujero profundo y oscuro sin escalera. He aprendido que mi hermana es una niña valiente, bella y fuerte. No creo que yo pudiera alguna vez hacer lo que ella hace. Ella es mi ídolo, mi ejemplo y mi mejor amiga.  Charli es mi ángel.

ESCRITO POR Sydney McCarter, PUBLICADO 07/30/16, UPDATED 08/21/17

Sydney es una joven compasiva y cariñosa de 14 años con una sonrisa contagiosa y una personalidad alegre. Siente una gran atracción por las aventuras y los viajes y le encanta el voleibol, la natación, el surfing, la música y la guitarra. Sydney es el gran apoyo y la protectora de su pequeña hermana Charli y admira su fuerza y valentía para enfrentar la diabetes tipo 1 durante más de seis años.