CREYERON QUE ERA ANORÉXICA – MI DIAGNÓSTICO DE DIABETES TIPO 1


 

Adaptarse a esos años incómodos de la adolescencia es difícil en sí, pero tratar de adaptarse y experimentar cambios desconocidos y desafiantes en tu cuerpo lo vuelve aterrador. Me diagnosticaron diabetes tipo 1 a los 12 años de edad, y el diagnóstico fue toda una montaña rusa.

Siempre había sido una niña gordita, y el hecho de haber crecido con dos hermanos mayores que te recuerdan que eres una “gorda conejita” hizo que perder mi gordura infantil fuera un poco más emocionante. Empecé a bajar de peso cuando estaba en séptimo grado, y todos se dieron cuenta. Mientras yo me emocionaba, otros se preocupaban. Recuerdo que empezaron a surgir rumores a mi alrededor: primero estaba demasiado gorda y ahora las personas estaban empezando a decir que estaba demasiado delgada. Luego, surgió el rumor de que luchaba contra la anorexia, y eso fue vergonzoso. Los miembros del personal empezaron a abordarme para asegurarse de que estuviera bien, saludable y que estuviera comiendo, porque también habían notado mi pérdida de peso. Cuando se me acercaban, al principio no me molestaba, pero poco a poco me empecé a sentir más ofendida. Cuando me sacaron de una clase y me llevaron a otro salón para ver un documental sobre la anorexia, no podía creerlo.

“¿Qué cenaste?” se convirtió en una pregunta popular. Hacer deporte también se convirtió en problema. Yo jugaba baloncesto y mis entrenadores también empezaron a preocuparse y a hablarme después del entrenamiento. Era una persona más a la que tenía que asegurarle que estaba comiendo. Llegó al punto en el que ya no pude jugar, porque estaban muy preocupados. Habían hecho que mi pérdida de peso, algo que me parecía inofensivo y parte del proceso de crecimiento, fuera algo miserable. Cuando otros estudiantes se aseguraban de que hubiera comido y se lo decían al personal, llegué al punto de inflexión. Se convirtió en tal problema que ya no quería ir a la escuela. No entendía por qué no me creían.

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Mi mamá me llevó al médico a fin de que me diera una nota para que la escuela dejara de molestarme. Sin embargo, ella también empezó a preocuparse cuando mi peso alcanzó un nivel demasiado bajo. Esta cita con el médico debía tranquilizarla, pero el médico me pidió que regresara a la semana siguiente para realizarme otro chequeo. Para la siguiente cita, había bajado más de peso en solo una semana, así que me sacaron sangre y descubrieron que tenía diabetes tipo 1. Nunca olvidaré el momento en el que recibimos la llamada o la expresión en el rostro de mi mamá. Tenía el nivel de azúcar en más de 800. A los médicos les sorprendió que estuviera alerta siquiera.

En retrospectiva, ahora entiendo lo enferma me estaba empezando a ver y que las personas solo se preocupaban por mí. Tenía 12 años de edad y pesaba tan solo 70 libras el día de mi diagnóstico. Tenía muchas señales de la diabetes, pero nunca les presté tanta atención. Tenía fuertes cambios de humor y me sentía cansada constantemente. A pesar de que me tomaba un galón de leche yo sola, seguía bajando de peso. Recuerdo que una vez caminé por mi habitación sintiéndome confundida sobre cómo había llegado hasta allá y me quedé dormida. Quizá empecé a sentirme reacia ante la posibilidad de que en realidad hubiera algo malo en mí. No me di cuenta de lo enferma que me sentía sino hasta que salí del hospital sintiéndome mucho mejor. Recuerdo el día que salí del hospital y mis pantalones me quedaron un poco más ajustados; para mí, fue un gran logro y me alegró mucho.

Después de mi diagnóstico, me sentía avergonzada de regresar a la escuela. Estuve casi una semana en el hospital, pero esperé más o menos dos semanas más para regresar. Las inyecciones de insulina y el temor a que se me bajara el azúcar no era algo que quería experimentar en público. No tomé nada bien el diagnóstico; lloré todas las noches en el hospital (solo cuando mi mamá dormía). No podía manejar verla llorar por mí. Una vez que regresé a la escuela, las cosas no salieron tan mal como lo había esperado. El hecho de que mi mamá estuviera a solo una llamada de distancia era reconfortante. Los miembros del personal se disculparon conmigo y todos mis maestros fueron más que comprensivos respecto a que se trataba de algo nuevo. Creo que mis compañeros incluso sintieron un poco de envidia porque la regla de “no comer en clase” ya no aplicaba para mí.

 

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Lo que realmente me ayudó con mi ansiedad de regresar a la escuela fueron mis amigos. Se interesaron mucho en aprender cómo iba a ser mi nuevo estilo de vida. Aprendieron cómo me inyectaba, escucharon mi demostración de qué es el glucagón y finalmente comprendieron cuándo era el momento de correr por un jugo. Mi familia también me brindó un apoyo increíble. Mi mamá hacía todo lo que podía para asegurarse de que mi nivel de azúcar se mantuviera en un buen rango, lo anotaba todo, contaba cada carbohidrato y revisaba mi nivel de azúcar a las 2 a. m., y ella nunca me despertaba. Ella era mi #1. Mis hermanos también me apoyaron. Cuando mi vista ya no permitía que siguiera leyendo, ellos me leían y yo respondía las preguntas. Mis hermanos también asistían a citas médicas y a convenciones para aprender qué debían hacer. Juntos aprendimos que la diabetes afecta a toda la familia.

Lo que he aprendido de mi proceso es que una vez que aceptas tu diagnóstico, las cosas se vuelven mucho más fáciles. Sí, es más fácil decirlo que hacerlo, pero les prometo que aceptar por completo mi nuevo estilo de vida fue algo que hice hasta en la secundaria, y eso se debe a que mis amigos nunca me trataron de forma distinta. Participar como porrista durante los cuatro años de secundaria también vino a infundirme mucha confianza. Las personas que amas no verán ese paso adicional que das para comer, o el hecho de tener que correr por un jugo como un problema. Llegó un punto en el que nadie me hacía sentir diferente. Cuando de vez en cuando recibía comentarios ignorantes, mi sistema de apoyo me recordaba lo fuerte que era. Al final, lidiar con ser diferente implicó ya no ocultar mi diabetes. Me encanta contarles mi historia a las personas; me encanta ese sentimiento de educar sobre la DT1 porque demasiadas personas están mal informadas. Cuando descubrí Beyond Type 1, lo vi como una plataforma enorme para compartir mi historia y espero ayudar a otros que podrían enfrentar un diagnóstico reciente o tener un familiar que está pasando por eso. Ahora tengo 21 años y no dejaré que la diabetes impida que experimente la vida.

 

ESCRITO POR Nataesha Kempton, PUBLICADO 04/07/16, UPDATED 05/08/18

Nataesha ha padecido diabetes durante nueve años. Ella trabaja y vive en White Salmon, un pequeño pueblo en Washington. Asiste a la universidad tiempo completo y espera tener un grado de asociada en educación temprana; también trabaja en una oficina de bienes raíces. A Nataesha le encanta el área donde vive, poder practicar senderismo, nadar y experimentar la atmósfera de un pueblo pequeño. También tiene un enorme amor por los perros; es dueña de un perro mezcla de pug que además es su mejor amigo.