Después de que me quitaron el páncreas

9/29/16
ESCRITO POR: Wanda Morrow Clevenger

No comencé teniendo diabetes. No tenía que correr hacia el tocador para damas diez veces al día. No estaba constantemente sedienta No había síntomas proféticos que hubiera ignorado por ignorancia o indiferencia. La palabra diabetes era tan extraña para mí como lo era hiperglucemia, hipoglucemia, A1c, medidor de azúcar en la sangre, lancetas, Lantus, agujas, necrosis y una docena de otras palabras atemorizantes y confusas que muy pronto experimentaría horiblementede de cerca y personalmente.

Yo era una mujer relativamente normal y relativamente sensata. Había escrito un libro, las ventas eran altas y constantes para una autora nueva. Casi había superado el miedo al escenario con el micrófono abierto. Había logrado levantarme un par de pulgadas por encima de lo mundano y me pareció increíble. Excepto por un dolor agudo en el área superior derecha de mi espalda.

No había visto a un médico de atención primaria durante casi seis años. Ni siquiera había tenido un resfriado que pudiera recordar. Estaba desagradablemente saludable para mi edad. Hubo una radiografía previa hace tantos años confirmando artritis de inicio normal en mis rodillas. Pero bueno, yo tenía 50 años, estaba en la menopausia, ya ávidamente en el camino de la artritis estaba el barco de partes para damas que zarparía en busca de la juventud perdida.

Descubrí que solo podía freír un pollo a la vez. Pensé que el dolor en mi espalda era solo la artritis que marcaba un nuevo territorio. Después de unas semanas de quejarme con mi esposo, el dolor se volvió más de lo que podía soportar. Tanto que no creía poder esperar un mes para una cita y un viaje de 45 minutos a mi médico de atención primaria al que no había visto desde hacía seis años. Hice una cita con un médico cerca de casa.

Aquí fue cuando todo comenzó a ponerse feo.

Después de una mirada de 3 segundos a mi dolor de espalda y una mirada de 15 segundos a la pantalla de la computadora, el nuevo médico me envió a casa con una bolsa de medicinas. Bromeé en Facebook sobre cómo tomaba 15 píldoras al día y que de seguro hasta hacía ruido al caminar cual sonajero. En dos días apareció una protuberancia roja en mi espalda en el mismo lugar que el dolor. Con un bosque como patio trasero, inmediatamente pensé en la enfermedad de Lyme. Llamé al nuevo médico; su enfermera me dijo que fuera. Salí de la clínica esta vez con medicinas para herpes zóster. Dos semanas más tarde estaba en la unidad de cuidados intensivos del hospital Springfield Memorial. No recuerdo mucho de esos nueve días, pero me dijeron que me había quitado los tubos.

Resulta que tenía pancreatitis, no herpes zóster. Un análisis de sangre en el nuevo consultorio médico podría haber ahorrado muchos problemas a médicos y enfermeras, a técnicos de salas de emergencias, a conductores de ambulancias, a mi familia, a mí misma y al páncreas.  Un cirujano nos dijo: “Nosotros los cirujanos no tocamos el páncreas”. Luego se llevó a mi esposo a un lado y le dijo que había operado el páncreas de un paciente dos semanas antes y que el paciente había muerto; mi esposo debería llamar a mis amigos y familiares. Parecía que no duraría mucho con vida y quería asegurarse de que la historia no se repitiera bajo su guardia.

En el transcurso de nueve meses, recibí morfina en numerosas ocasiones en la sala de emergencias local, ingresé en el hospital Memorial cuatro veces, me colocaron sondas de yeyunostomía en el intestino en dos ocasiones diferentes, tuve dos cirugías más hasta que finalmente llamaron a un especialista (uno para eliminar la mayor parte de mi páncreas muerto y otro para quitar los estents de la primera cirugía). Me interrogaban todos los días sobre mi ingesta diaria de alcohol, aunque nadie creía mis respuestas. A mis hijos se les preguntó si alguna vez volvieron a casa de la escuela y me encontraron ebria. Y casi me muero de verdad, dos veces. Hubo más interés en el “por qué” tuve pancreatitis que en tratar la enfermedad.

Con los huesos cubiertos por la piel, cuando finalmente me dieron de alta para volver a casa, me dieron una instrucción de cinco segundos en medio de la noche sobre cómo colocar una jeringa en una bola de algodón. Ni siquiera comprendía que tenía diabetes. Dijeron que me tendría que inyectar todos los días por el resto de mi vida. A eso le hecho la culpa de estar en un perpetuo estado de shock. Luego me trataron por diabetes tipo 2 por un tiempo hasta que la metformina no se mantuvo a la altura de lo que se esperaba. Hasta que me remitieron a un endocrinólogo no mejoró mi salud.

Muchos profesionales médicos cometieron muchos, muchos errores médicos. Los profesionales que deberían haberlo tenido un mejor conocimiento deberían haber hecho un mejor trabajo. La dura prueba (que comenzó en agosto de 2013) me ha dejado temerosa de los hospitales, dependiente de Ativan, y ahora uso a diario Vicodin ya que los medicamentos para la artritis causan picos de azúcar en la sangre.

Tendré 61 en octubre. A menudo tengo ataques de pánico y ataques de llanto. Creo que tengo trastorno por estrés postraumático. Todavía estoy luchando para encontrar a la antigua yo que se perdió en el hospital. Cuando digo que no me gusta salir de la casa, mi madre hace la observación: “Seguro que ya no eres como solías ser”. (Quiero gritarle indignada pero no lo hago). No puedo controlar mis estados de ánimo y emociones. No me gusta hablar de nada de eso. Con nadie. He leído artículos sobre cómo la gente está haciéndole frente y prosperando, y no dejando que esta enfermedad gane y casi odio a esas personas felices y adaptadas.

Y entonces escribo. He publicado 49 poemas y cuentos sobre la terrible experiencia que experimenté al convertirme en persona con diabetes Tipo 1 (y el consiguiente efecto dominó sobre mi esposo que quedó fuera de este artículo por respeto a su privacidad). Ninguna de esas obras publicadas tiene un final feliz … a menos que se cuente que sobreviví para escribirlas.

Lee los poemas de Wanda: “Todos caemos” y “Altos y bajos”.


Lee el artículo de Asha Brown Cómo sobrevivir a una crisis de salud con el espíritu intacto.

Wanda Morrow Clevenger

Wanda Morrow Clevenger es originaria de Carlinville, IL. Más de 386 piezas de su trabajo han aparecido en 137 publicaciones impresas y electrónicas. Ella ha pasado los últimos tres años escribiendo sobre convertirse en una persona con diabetes Tipo 1 y su impacto en su vida diaria.