El regreso al yoga que abrió mi corazón

3/1/18
ESCRITO POR: BELLA GIROVICH
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Todo esto comenzó en el invierno de 2012. Era cuando ya se aproximaba la noche antes del año nuevo, y mi familia y yo nos estábamos adelantando a hacer esas resoluciones del año nuevo tomando dos semanas de permiso sabático (¿puedes llamarlo así en la universidad?) de la vida en un bello centro de yoga en Tulum, México. El centro turístico en donde nos quedamos es esencialmente un paraíso para los yoguis, completo con más de 2 prácticas de yoga por día, un suministro ilimitado de jugos y batidos de frutas, y la luz solar y el océano para tranquilizar el alma. Las instalaciones perfectas para que cualquiera se reinicie y se sienta en la mejor forma de su vida … ¿no es así?

Bueno, para algunos de nosotros, esto era lo adecuado. Mi madre, mi hermano, y hasta mi padre (que estaba renuente a probar el yoga, pero finalmente lo convencimos porque al segundo día ya se sentía marginado) se sintió increíble. Por otro lado, conmigo fue otra historia completamente. Cada mañana me desperté a las 7:30 a. m. para nuestra práctica de las 8 a. m. sintiéndome tambaleante y letárgica, a pesar de que había dormido bastante. Por alguna razón, tenía el más raro antojo de comer bananas que no lograba quitarme, y perturbaba la práctica cada mañana al entrar tarde llevando tres bananas como si fuera un chimpancé. Bueno, ¿por qué me sentía tan horrible? ¡Después de todo, yo estaba de vacaciones en la playa en México! Mi familia se burló de mí porque en primer lugar ir a un retiro de yoga fue idea mía, y yo era la que me estaba quejando.   

Dejé pasar esto como que nada, tal vez mi cuerpo simplemente estaba reaccionando a tanta práctica física en tan poco tiempo. De regreso en la universidad en Washington D.C., uno de mis amigos y yo decidimos tratar de llevar una dieta de comida cruda. Los dos estábamos marginalmente interesados en la nutrición y habíamos comenzado a trabajar en un bar de jugos naturales local. Pensamos, ¿qué tan difícil podría ser? Bueno, yo pensé que para mí sería fácil, ya que mi amigo que hacía la dieta conmigo era como un pie más alto, tenía 30 libras más de peso, y era hombre. Durante los primeros días, luchamos juntos con la dieta, riéndonos al pasar por el comedor de la universidad con nuestros grandes tazones con espinaca y verduras crudas mientras que la gente lanzaba miradas de reojo hacia nosotros. Después de unos tres días, mi amigo despertó y me envió un mensaje de texto diciéndome lo increíble que se sentía, y yo apenas podía mantener mis ojos abiertos. Yo acababa de ingresar a una fraternidad en mi universidad, y atribuí mi letargo a haber tenido cientos de conversaciones con gente extraña muy vivaz.    

Después de más o menos una semana de sentirme “descentrada,” me estaba poniendo rímel en el cuarto de mi amigo el viernes en la mañana, y mi mano estaba temblando tanto que terminé mirándome más como un mapache que como una diva de ojos ahumados que era lo que yo había pensado lograr. Mis amigos me miraban con preocupación, pero yo estaba tan ocupada tratando de mantener firme mi mano que ni siquiera me di cuenta.    

“Te llevaremos al centro de salud”, afirmaron, como si yo no tuviera opción.

“¡De ninguna manera!” dije, “Tengo una clase en 20 minutos. Además, ellos me van a decir que estoy embarazada o que tengo cáncer”, bromeé, más que todo para tranquilizar mis nervios.

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Siendo un tercio del tamaño de mis amigos, no hubo manera de oponerme; ellos físicamente me arrastraron a través de nuestro pequeño campus al centro de salud. La caminata probablemente fue de solamente un poco menos de una milla, pero yo sentí que nos tardamos una eternidad en llegar.

Llegamos al centro de salud a las 8:45 a. m., 15 minutos antes de que abriera. Después de rogarle que alguien que me viera, una enfermera entró y apenas me miró a los ojos mientras tomaba todos mis signos vitales, después pinchó mi dedo y chequeó los niveles de la glucosa de mi sangre.

“Hmmm … ¿puedes saltar esa parte?” bromeé ansiosamente. Yo siempre me sentía un poco aprensiva al ver sangre.

La enfermera se rió de mí como si yo hubiera dicho algo divertidísimo, y procedió a pincharme el dedo. “Regresaré en dos minutos,” manifestó, como si yo fuera simplemente una molestia.

Se tardó 20 minutos en regresar.

Bella Girovich_5Yo podría repasar todos los detalles sangrientos de la semana que pasé en el hospital, pero así fue como fundamentalmente descubrí que yo tenía diabetes Tipo 1. A los 18 años de edad, yo ya era una “humana” establecida en el mundo, con mi propia dieta, hábitos de estilo de vida, y práctica de yoga. Yo ya había terminado mi capacitación como maestra y ya tenía algo de práctica.

Después del diagnóstico, no tenía ni idea de cómo controlar efectivamente los niveles de glucosa de mi sangre. Comenzar con la insulina hizo que aumentara 20 libras en pocos meses, lo que hizo que me sintiera aún menos dispuesta a ir al estudio, mucho menos a ponerme aunque sea los pantalones de yoga.  

Se llevó casi un año entero y la acumulación de un grupo sólido de “amigos de yoga” para que yo me sintiera cómoda entrando en un estudio de nuevo. Sin embargo, en el momento en que lo hice, mi mente recordó lo que mi cuerpo había estado extrañando todo ese tiempo.

La Asana es increíblemente efectiva para controlar los niveles de la glucosa de la sangre, tanto en diabéticos como en no-diabéticos. Sin embargo, para mí, el yoga es mucho más que retorcer mi cuerpo de una y otra forma. Si mi diagnóstico de diabetes fue la separación de la conexión de mi mente con mi cuerpo, el yoga fue el puente que funcionó (y aún sigue funcionando) para reconectar estas dos partes distantes que “me” conforman.   

En muchos más días de los que yo quisiera admitir, he sentido que mi cuerpo me está traicionando. Saber que mis células beta están siendo bloqueadas cada día por mis glóbulos blancos es bastante desalentador. Sin embargo, cada día me acerco a mi colchoneta y comienzo a sentir de nuevo. Aprecio mi cuerpo físico; mis pies por llevarme al estudio, mis manos por mantenerme en la posición de perro boca abajo, mis piernas por mantenerme en la posición de guerrero dos, y mi corazón por abrirse más y más al estar en la posición de la espalda torcida en todas y cada una de las prácticas.

Sin el yoga, yo pasaría por el mundo llena de resentimiento y amargura por la baraja de cartas que me ha tocado. En lugar de eso, puedo caminar con mi corazón abierto y mi cabeza en alto con gratitud por todo lo que en realidad tengo, y por la práctica del yoga que hace que yo sea más humilde cada día.    


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BELLA GIROVICH

Eterna estudiante del mundo, Bella tiene interés en la intersección de todas las formas de la salud, ya sea la ciencia occidental, la nutrición holística o prácticas antiguas. Crecer en Chicago ha formado su amor por la ciudad y su apreciación por el maravilloso aire libre. Después de haber sido diagnosticada con diabetes Tipo 1 a la edad de 18 años, a Bella le dijeron que debía retirarse de la universidad y mudarse de nuevo a casa. En lugar de eso, desde entonces ha viajado a Washington D.C., Israel, el Gran Cañón, India, y ahora a Atlanta donde está sacado su Másters en Salud Pública en la Universidad de Emory.  La puedes encontrar en Instagram @belllla.jpg (¡con cuatro l!)