Hacerse o No Hacerse la Prueba


 

En la oscuridad en la noche del lunes, me senté en mi cama, caliente y húmeda. ¿Por qué? porque había escuchado a mi hija de quince años levantarse a hacer pis.

Eran los despertares nocturnos de  su hermano mayor (hace cinco años) que nos convencieron a mi y a su padre que no todo estaba bien.

Mientras la escuchaba caminar sigilosamente por el pasillo hacia el baño, estaba segura de que estábamos a punto de convertirnos en una familia cuyo refrigerador estaría lleno de insulina, cuya cocina sería un “cajón  para la diabetes”, cuya madre pasaría todo su “tiempo libre” descargando datos de un medidor.

Nada de esto se sintió más fácil cuando ella entró a la cocina el martes en la tarde y dijo: “Hoy oriné como 6 veces en la escuela. Estoy tan sedienta. Creo que necesito revisar mis niveles”.

Un hijo en la población “normal” tiene una posibilidad de 1 en 300 a 400 de desarrollar diabetes Tipo 1.

Las posibilidades de nuestros hijos son 1 en 20.

No solamente sabemos esto, sino que investigadores y clínicos pueden utilizar una simple muestra de sangre para decir, con un 90% de exactitud, si una persona desarrollará diabetes Tipo 1.

Diferentes personas tienen diferentes ideas acerca de realizar la prueba a los hermanos de los niños con diabetes Tipo 1 para ver si ellos desarrollarán la enfermedad.

My amiga Anne agitó la mano frente a mi puerta y dijo: “Yo NO quiero saber”.

Mi amiga Sarah (quien tiene a sus hijos inscritos en TrialNet como yo, y quien les ha realizado la prueba con una extracción de sangre anual) dijo: “Esto es algo que realmente quieres saber”.

La gente argumenta que hay ensayos clínicos que se pueden introducir para prevenir la aparición de la enfermedad.

La gente argumenta que tú corres menos riesgo de un incidente de cetoacidosis si sabes que la enfermedad se está desarrollando.

La gente argumenta que estar sentados, esperando que la cosa se convierta en algo completamente desarrollado, suena completamente terrible.

El pasado martes, cuando Aidan entró a la cocina atragantándose el agua y pidiendo revisar sus niveles, me encontré a mi misma reaccionando un poco más fuerte de lo normal. Quizá porque esta amenaza, a diferencia de la mayoría de mi catastrófica forma de pensar, tiene un pie firme en la realidad.

Tal vez porque recuerdo a una madre diciendo que el diagnóstico de su hijo no había sido el peor día de su vida, lo había sido el día que diagnosticaron a su segundo hijo.

“Muy bien” dije, moviéndome por la cocina para llegar a la “gaveta de la diabetes”. Me gusta pensar que logré sonar perfectamente indiferente cuando dije “Hagamos la prueba”.

Mi hija hizo una cara mientras yo ponía una nueva lanceta en uno de los medidores de glucosa en la sangre que teníamos de respaldo. “¡Oh!” dijo ella. “¡Ay!”.

“En realidad no duele” dije, aunque ambas sabíamos que sí, un poco. Aseguré la pequeña tapa e incliné la pestaña con resorte tal y como Will lo hace 10 veces al día. “No es gran cosa”, demostré, presionando la herramienta en mi tercer dedo y presionando el botón.

Un pinchazo eléctrico ardiente se emitió a través de mi mano. Me quedé viendo cómo la gota de sangre iba creciendo mientras mantenía mi expresión neutral.

Mi hija, quien no había sentido mi dolor dijo: “Yo solo quiero hacer la prueba de cetonas. ¿Puedo hacer eso en su lugar?”

“Claro. Buena idea” dije (pensando, mientras presionaba con fuerza mi pulgar en la punta para disminuir las palpitaciones, que era una de las mejores ideas que había escuchado en mucho tiempo).

Le pasé el bote de tiras que miden cetonas en orina, otra manera de saber si su páncreas ha dejado de funcionar de la manera que debería.

El inodoro sonó. Nuestra hija salió con la tira en alto. “Normal” dijo.

Se dirigió hasta la TV y la encendió. Yo no dije “¡Oh no. De ninguna manera. Apaga eso hasta que hayas terminado tu tarea!”

La tarde de repente se sintió como unas vacaciones. Como el verano. Como que me han dado un alivio mucho más grande del que alguna vez quisiera que mis hijos experimentaran.

Desde el otro lado de la habitación mi hija reclinó hacia atrás el sofá y dijo: “Estoy bien”.

 

 

ESCRITO POR Kimberly Ford, PUBLICADO 05/23/15, UPDATED 03/19/19

Kimberly es la autora de un libro de no ficción, así como historias cortas, ensayos y artículos que han sido publicados ampliamente. Aunque el diagnóstico de diabetes Tipo 1 de su hijo hace seis años hizo que su carrera de escritora tomara un pequeño desvío, ella admite que la diabetes ocasionalmente le ofrece grandes ideas de escritura. Kim también se desempeña como una editora independiente para Beyond Type 1.