Haciendo que Parezca Fácil

12/13/19
ESCRITO POR: Thomas "Buddy" Bardenwerper

Nueva comprensión

Al crecer, no entendía la diabetes de mi abuelo, pero sabía que era parte de su vida tanto como su carrera de leyes. Aunque finalmente relegó su insignia del FBI a su cajón de calcetines, nunca se quitó su brazalete médico plateado. Además estaba el asunto de sus dedos de los pies, varios de los cuales le fueron amputados cuando yo estudiaba en la escuela primaria.

Sí, mi abuelo tenía razón: la diabetes era una injusticia. Pero aun así, todavía había juegos de Redskins para apostar y nietos a quienes hacerles bromas. No fue hasta una década después de su fallecimiento, cuando yo estaba sirviendo como oficial de la Guardia Costera en Puerto Rico, que me enteré de que compartíamos un vínculo diferente.

De hecho, estaba de vacaciones para Año Nuevo cuando supe que algo estaba mal. Mientras mis padres y yo íbamos hacia casa de mi hermana por el nevado New Hampshire, tuvimos que parar varias veces para que yo pudiera usar el baño. Y luego, durante la cena, no podía dejar de tomar limonada. Paul Newman me devolvía la sonrisa desde la caja de cartón como si me estuviera haciendo algún tipo de broma. Sin embargo, no la entendía.

Tres semanas después, mi esposa me visitó en Puerto Rico. Pasamos el viernes en mi azotea en el Viejo San Juan. Tenía libre el sábado y el domingo. Tal vez iríamos a la playa en Luquillo o subiríamos por la “Ruta del lechón”.

No hicimos ninguna de las dos.

Mi sed había empeorado, y después de consultar con Dr. Google, compré un medidor de glucosa. Ese sábado, sintiendo una inexplicable resaca, decidí que era hora. Presioné la tira reactiva contra la gota de sangre y esperé.

287: tres veces más alto de lo que debía ser. Mi corazón comenzó a latir con fuerza.

“Inténtalo”, le dije a mi esposa. “Tal vez no está calibrado”.

Ella pinchó su dedo. 83. Era perfecto.

Estábamos en El Hospital de Veteranos una hora después. Apenas nos habíamos sentado antes de que un enfermero muy sociable repitiera la prueba. “Diabetes”, dijo, rascándose la cabeza. “Pero pareces demasiado viejo para tener diabetes Tipo 1 y demasiado en forma para tener diabetes Tipo 2. Veremos qué piensa el médico”.

Nota del editor: En realidad, puedes desarrollar diabetes Tipo 1 a cualquier edad, de hecho, más de la mitad de los diagnósticos se realizan en personas mayores de 18 años.

Mi esposa y yo volvimos a nuestros asientos. Se suponía que teníamos que estar en la playa escuchando reggaetón. Después de dos horas, tuve que escapar de esa sofocante sala de espera. Salimos a la humedad de la tarde y encontramos un banco de concreto. Rodeé a mi esposa con el brazo y vi a los paramédicos descargar a un viejo veterano de una ambulancia. Respiré hondo y mi esposa me apretó la mano.

“Todo va a estar bien”, dijo, secándose una lágrima. “Tu abuelo tenía diabetes. Y siempre dices que vivió una vida plena. Ella tenía razón. Vi los ojos azules de mi abuelo y escuché su acento del Bronx. Seguiría sus pasos, aunque él no tuviera dedos. Me reí.

Tomándolo en serio

En los dos años transcurridos desde esa tarde en Veteranos, no he perdido los dedos de los pies, pero perdí mi trabajo. La Guardia Costera me dijo que no podía navegar con mis compañeros y los engranajes de la burocracia comenzaron a avanzar hacia mi retiro médico.

Una semana después del diagnóstico, conduje a Mayagüez para encontrarme con mi embarcación. Mis compañeros de barco habían estado patrullando el Pasaje de Mona contra traficantes de drogas y migrantes, y necesitaba vaciar mi camarote. Sin embargo, no estaba preparado para lo que encontré. Habían nuevos chistes, nuevas historias marinas y un nuevo oficial ejecutivo. Fingí que no me molestaba al pisar el muelle con mi bolsa sobre mi hombro y tabletas de glucosa en mi bolsillo.

Las mías tenían sabor a naranja, ya que esas eran las que mi abuelo guardaba en la consola de su Camry. Ambos las necesitábamos en caso de que nos inyectáramos demasiada insulina.

Si bien la llegada de la aguja de la pluma de insulina significa que puedo pincharme subrepticiamente, mi abuelo vivió en la era de las jeringas. Sacaba su “kit” con tanta fanfarria, a menudo justo antes de una cena familiar, que uno esperaba que un trompetista anunciara el comienzo del procedimiento. Mi abuelo inspeccionaba la jeringa a la luz, se desabrochaba el cinturón y se clavaba la aguja en el vientre. Si teníamos suerte, con gusto dejaría volar una letanía de maldiciones, casi siempre involucrando a un “bastardo miserable” invisible.

Como muchas personas con diabetes, mi abuelo sufría episodios de hipoglucemia. Un día, mi hermana y yo caminamos a su casa y vimos la inoportuna vista del Cadillac de su “amiga”. Shirley nos recibió en la puerta y nos dijo que nuestro abuelo se estaba “recuperando” de un “episodio”. Subí las escaleras hasta su habitación y me asomé.

Mi abuelo, que generalmente se vestía muy elegante, estaba sentado en su cama con una camiseta arrugada. Su cruz celta dorada colgaba de su pecho. Miraba fijamente la alfombra beige. Físicamente él estaba allí, pero eso era todo. Me alejé sigilosamente.

Mi primera hipoglucemia ocurrió en casa de mis padres. Mi hermana había comprado un set de bádminton para nuestras sobrinas y sobrinos, y ella y su esposo nos retaron a mí y a mi esposa a una partida de parejas. Durante una hora, nos tomamos un descanso de la adultez para golpear un cono de plástico. Comencé a sentirme mareado, pero no fue hasta que mi cuñado comenzó a anotar con facilidad que me metí en la casa para verificar mi “número”. Era 43. Mi esposa y mi madre se cernían sobre mí. “Estoy bien”, dije, con las manos temblorosas.

“Solo necesito un poco de jugo de naranja”. Eso era lo que mi abuelo siempre tomaba.

Ese partido de bádminton me recordó de cuando jugaba Wiffle Ball con mis hermanos mayores. Después de cortar el césped de nuestro abuelo y arrancar malezas, nos turnábamos para lanzar y batear. Mi abuelo nos gritaba bromas desde la sombra de la hilera de setos del campo derecho, con un vaso de Glenlivet en la mano. Mis hermanos mayores golpeaban jonrones sobre la casa y pasaban bolas curvas por el plato. Lo que yo no podía igualar con habilidad, lo igualaba con esfuerzo, tirándome cada oportunidad que tenía.

“Mira al niño”, se reía mi abuelo. “No es más que trasero y codos. ¡Necesita aprender cómo hacer que parezca fácil!”

Cuando mi diabetes aparece en una conversación, la gente ofrece su simpatía. “Está bien”, le digo. “Es manejable”.

Lo que no les digo es que conocía a un hombre que hacía que pareciera fácil, un hombre que todavía está conmigo cada vez que pincho mi dedo o me clavo una aguja en el vientre.

 

 

Thomas "Buddy" Bardenwerper

Thomas "Buddy" Bardenwerper sirvió cinco años como oficial de la Guardia Costera, realizando misiones humanitarias y de cumplimiento de la ley desde Canadá hasta Colombia. Después de ser retirado médicamente por diabetes tipo uno, Buddy se matriculó en la Facultad de Derecho de Harvard. El manuscrito de su novela, MONA PASSAGE, recientemente quedó en segundo lugar en Syracuse University Press - Veterans Writing Award.