PHOTOS BY FORESTER MCCLATCHEY

Jugar a la pelota con un nivel bajo de azúcar en sangre


 

Yo era un atleta y, después, la diabetes me hizo débil.

Fui diagnosticado a los 15 años y aunque después de eso continué practicando deportes durante años, nunca acepté esta debilidad. Mis entrenadores la vieron, mi familia la vio y, con el tiempo, yo la vi: para mí, la diabetes significaba sangrar por la felicidad que me daban los deportes. Al principio, no lo admití para mí mismo, que era más débil, y ese fue mi error. Si admites tu debilidad, puedes lidiar con ella. Si no la aceptas, declaras una guerra fría con tu propio cuerpo.

Hay algunos atletas profesionales que tienen diabetes Tipo 1, personas que arrastran detrás de ellos el peso añadido de su enfermedad. Entre los más famosos, se encuentra el mariscal de campo de la NFL (Liga Nacional de Fútbol Americano, por sus siglas en inglés), Jay Cutler y el draft de la NBA (Asociación Nacional de Básquetbol, por sus siglas en inglés), Adam Morrison. El éxito de ellos nos indica que la diabetes no establece una barrera insuperable en contra del sueño de convertirse en un atleta profesional, lo cual es alentador. Puedes ser casi cualquier cosa teniendo diabetes (excluyendo piloto y conductor de camión). Pero eso no significa que sea fácil. Cutler y Morrison tuvieron que mirar fijamente a sus desventajas sin parpadear y, luego, trabajar más duro que cualquier otra persona.

Cuando tenía 15 años, en mi segundo año de la secundaria, practiqué tres deportes: fútbol americano, básquetbol y béisbol, los cuales me daban mucha alegría. Luego, fui diagnosticado con diabetes Tipo 1. Después de mi diagnóstico en el otoño de ese año, todo se tornó más difícil. Tuve que protegerme en contra de los niveles bajos de azúcar en la sangre, llevar conmigo botellas desgarbadas de tabletas de glucosa a donde quiera que iba: una ligera caída del azúcar en la sangre podría eliminarme de un partido durante media hora. Tuve que defenderme de los niveles altos de azúcar en la sangre, los cuales debilitaban la energía y la moral.

Pronto, renuncié al fútbol. La miseria y el gran esfuerzo de las prácticas hacían difícil encontrar tiempo para revisar mi nivel de azúcar en la sangre y era difícil mantener mis jeringas fuera del barro. Si el nivel de azúcar en mi sangre bajaba o se elevaba mucho como para entrenar, me paraba en las líneas de banda mientras mis compañeros de equipo corrían por delante. Si esto sucedía mientras el equipo estaba haciendo el ejercicio de los suicidios, lógicamente mi popularidad en el equipo iría en disminución. Cada vez que trotaba hacia las líneas de banda para monitorear mi diabetes, separaba otro hilo de tejido conectivo entre mi equipo y yo. Sin embargo, no sentía un gran amor por el fútbol y fue fácil renunciar.

Estaba reacio a renunciar al básquetbol tan fácilmente. Lo amaba. Pero el básquetbol es un deporte complicado de practicar si tienes diabetes. Sus intensas demandas cardiovasculares pueden disparar el nivel de azúcar en la sangre de una persona diabética en pocos minutos. Este tiempo de recuperación puede costarle a una persona diabética una gran parte del tiempo de partido, especialmente con el ritmo frenético de un partido. Así que, jugar a la pelota con diabetes iba a resultar difícil.

Mis entrenadores lo sabían. Más o menos. Antes de las pruebas, les comenté sobre mi diabetes y parecieron entender. Pero estaban preparándose para hacer ajustes a un atleta con un asterisco médico y yo podía imaginarme lo incómodo que esto les hacía sentir. Pronto, fue claro darme cuenta que ellos no sabían cómo controlar a una persona diabética en el campo.

Durante un entrenamiento, estábamos haciendo ejercicios de zigzags en tríos y, conforme troté de regreso al campo para reincorporarme a la línea, me percaté que mis manos estaban temblando. No sentía un nivel bajo de azúcar en la sangre, pero algunas veces los síntomas de hipoglucemia anteceden al sentimiento de miedo. Sostuve mi mano frente a mi rostro para ver qué tan grave estaba temblando y los entrenadores lo vieron; inmediatamente, ellos estaban gritando.

“¡No, eso no es algo bueno! ¡No es algo que queremos ver!”

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La incomodidad e imprecisión de sus palabras me sugirieron, conforme me retiraba del ejercicio, que ellos no sabían realmente por qué estaban enojados. En realidad, ellos no sabían lo que era la diabetes. Ellos sólo sabían que, fuera lo que la diabetes fuera, era algo malo.

También parecían tener un poco de miedo. La diabetes tuvo que haber parecido como una gran responsabilidad. Tal vez ellos sabían sobre Adam Morrison, quien tuvo una convulsión diabética durante un partido de básquetbol en el octavo grado. Me miraban fijamente con una mezcla inescrutable de protección y resentimiento.

Mientras estaba recostado contra la pared, revisé el nivel de azúcar en mi sangre. Mis compañeros de equipo me veían y volteaban con falso descuido de forma educada. Vi mi medidor. No tenía nivel bajo de azúcar en la sangre. Enojado conmigo mismo, intenté reincorporarme al entrenamiento pero los entrenadores no me lo permitieron.

Este episodio me planteó la amplitud de sacrificios que los atletas con diabetes deben realizar. Los atletas como Jay Cutler y Adam Morrison no sólo abandonan el partido cuando se sienten enfermos, sino que también deben abandonar el partido cuando sienten cualquier Tipo de anormalidad. Y aún si no hay anormalidad alguna, deben abandonar el partido periódicamente únicamente para asegurarse de que todo está bien. Eso no es algo con lo que ningún otro atleta debe lidiar.

Cuando practicas deportes con esta enfermedad, debes descubrir un balance entre la cautela y la imprudencia: cuándo permanecer en el partido, cuándo abandonarlo, cuándo confiar en ti mismo. El problema es que ese balance realmente no existe. Los cambios en los niveles de azúcar en la sangre, así como las vicisitudes de un partido de fútbol o de básquetbol, no pueden ser previstas satisfactoriamente. Practicar deportes con diabetes no es una ecuación para resolver; es un mal que debe sobrellevarse. Cuando todavía practicaba deportes, no lo sabía.

La última vez que practiqué deportes con diabetes Tipo 1, estaba con un equipo béisbol que estaba viajando, jugando en una liga de verano como lanzador.

Cuando la temporada inició, estaba firmemente en la rotación de inicio, usualmente lanzando dos o tres entradas cada dos partidos y exonerándome razonablemente bien. Obtuve algunas victorias. Parecía que le agradaba al entrenador. En algún punto, el cual no recuerdo, tuve que haber estado revisando el nivel de azúcar en mi sangre en el banquillo con un medidor en mi regazo. Él me preguntó qué estaba haciendo y le comenté sobre mi enfermedad de la diabetes. Él asintió, observó el medidor y se retiró. No le di mucha importancia.

Sin embargo, después de esa revelación no lancé otra entrada. Él me prometía un inicio con días de anticipación pero cuando el día llegaba, se echaba para atrás cuando yo me preparaba para el calentamiento. Durante el resto del verano, mi camiseta estaba libre de polvo. Cuando se le acabaron los lanzadores, me ignoraba y ponía a un campocorto en el montículo. Nunca más jugué béisbol de forma competitiva.

Estaba enojado pero una parte de mí entendía la decisión del entrenador. Muchos de sus jugadores solo asistirían a la universidad por medio de una beca de béisbol y la reputación de su programa dependería de la calidad de esos programas universitarios a los cuales él enviaba a sus jugadores. Cada vez que él enviaba a alguien al campo llevando la camiseta de su equipo, él estaba invirtiendo su reputación en ellos. Cualquier signo de debilidad le indicaba que su jugador no recompensaría dicha inversión.

Así que penalizaba a cualquier jugador que mostraba flaqueza. Un jugador de primera base sufrió insolación durante la práctica y después fue enviado al banquillo durante el resto del verano. Otro jugador lloró después de que su lanzamiento nos costara un partido y el entrenador lo mandó a la banca y lo regañaba hasta que renunció al equipo. El entrenador estaba manejando un negocio; él no aceptaba debilidad en sus trabajadores. En sus ojos, la diabetes era imperdonable.

forester-mcclatchey-6Y aunque me desalentaba estar en la banca, llegué a la conclusión que era más débil porque tenía  diabetes y no podía pretender que fuera de otra forma. La diabetes era una desventaja para el equipo y lidiar con eso era mi responsabilidad y no la del entrenador.

Mason, mi hermano (quien también tiene diabetes), corre maratones y también estudia las consecuencias biológicas de vivir y ejercitarse con diabetes. Como corredor y científico, él sabe muy bien que la enfermedad lo pone en muchas desventajas. No sólo debe llevar una mochila para su equipo, agregando peso adicional y revisar el nivel de azúcar en su sangre de forma regular mientras corre, sino que su cuerpo con diabetes es también inherentemente peor cuando se trata de controlar el estrés de la actividad cardiovascular. Sus vasos sanguíneos (y los míos) están demasiado tensos y distribuyen sangre a los músculos necesarios de forma escasa. Dicho de otra manera, las personas con diabetes usualmente no alcanzan el mismo nivel de aptitud física que una persona que no tiene diabetes, aún con entrenamiento similar.

Mason desafía estas debilidades de frente y, algunas veces, pareciera como si él pisoteara la garganta de la diabetes en el polvo: obtiene los primeros lugares y gana medallas. Pero antes de cualquier triunfo, debe planificar todo de forma meticulosa para simplemente participar: calcular comidas precisas, escanear sus niveles de azúcar con un medidor continuo de glucosa y nunca darse días libres.

El ejemplo de Mason, acompañado con mi propia experiencia, me ha enseñado que los atletas con diabetes deben hacer dos cosas. Primero, deben admitirse a sí mismo que están en desventaja. Segundo, una vez los atletas con diabetes se acostumbren a la idea de su propia fragilidad, deben planificar conforme a esto.

Ambas cosas son complejas y yo nunca he dominado ninguna. La diabetes desmoraliza las ilusiones de la juventud eterna y la invencibilidad juvenil, las cuales resultan ser las ilusiones de una atleta seguro de sí mismo. Es difícil presumirse cuando estás en el campo mientras sabes que el cuerpo de tu oponente funciona más adecuadamente que el tuyo de manera perceptible.

Cuando practiqué deportes en la secundaria, tenía la arrogancia corriente de un adolescente que creía que mi talento iba a trascender los límites. La diabetes no podía detenerme, pensé, pero de cualquier modo su veneno indiferente se arrastraba a lo largo de mis extremidades. Ahora sé qué es lo que debo soportar y ha aumentado mi admiración hacia los atletas con diabetes que no han renunciado. Mi propia ignorancia testaruda cuando estaba en la secundaria eleva su profunda humildad a un alivio agudo y ahora, cuando los observo, puedo disfrutar los pequeños logros de los que nadie más sabe y saborear el asombro de sus cuerpos dañados en busca de gracia.


Nota del editor: este artículo fue originalmente publicado en Folks.

 

 

ESCRITO POR Forester McClatchey, PUBLICADO 09/28/16, UPDATED 07/03/18

Forester McClatchey es un escritor y pintor de Atlanta, GA, actualmente candidato a una Maestría en Bellas Artes (MFA, por sus siglas en inglés) en Poesía en la Universidad de Florida. Ha trabajado en una fábrica de metal, ha hecho dibujos animados para periódicos y ha trabajado como docente de museo educando a los niños sobre los dinosaurios.