La Historia de Maverick


 

 

La vida es frágil. Las cosas cambian en un abrir y cerrar de ojos. Ayer nos divertíamos en la playa sin conseguir navajas de mar. Fue un viaje por carretera divertido con amigos, y vimos a una hermana y una tía. Me desmayé en el camino a casa como un chico normal después de un largo día. (Mamá revisó el azúcar con el medidor Dex; estaba un poco alto, pero estaba bien para un viaje largo en auto). ¡Llegamos a la casa justo a tiempo para que papá se fuera al trabajo! Besos, feliz cumpleaños a papá.

Almorzamos tarde, así que no tengo hambre sólo quiero jugar a los videojuegos con mi hermana y relajarme. Es el cumpleaños de papá así que el abuelo visita para demostrar su amor y para jugar con los cachorros. Me comí un pequeño sándwich de pavo 20 carbohidratos. Me pude ir a la cama tarde porque tuve una larga siesta. Mi mamá me revisa el nivel de azúcar; está alto a las 11 p. m. y lo arregla.

La camioneta de mamá está afuera me revisa a la 1 a. m. y a las 3 a. m.; el nivel de azúcar es de 230. Ella me deja solo. Mi Dex está a la par mía, pero no tiene el volumen alto y todos estamos dormidos sin oír la alarma. Papá se despierta a las 6:45 para hacer pis; pasa a la par mía para poder ir. Wesson, mi perrito favorito, está esperándolo en la puerta del baño y dirige a mi padre a donde yo estoy.

Entonces, papá siente mi pecho. Tengo mucho frío, casi no respiro. Papá pega un grito para llamar a mamá. Ella llega corriendo. Estoy convulsionando en el suelo; mis brazos están en un ángulo extraño. Papá prepara el glucagón (esa es la aguja grande), mira hacia arriba: “Sarah, llama a urgencias. Él está frío y no creo que esté respirando”. Mamá hace la tan temida llamada. Papá me pone la inyección que duele tanto. Mi nivel de azúcar en la sangre es de 55.

La ambulancia y los bomberos llegan, pero no tengo ni idea de que están aquí. Estoy perdido en una baja de azúcar. Papá y mamá guardan algo de ropa. Mi hermana guarda a mi protector Wesson y al otro cachorro. Ahora estoy en 80 y subiendo, pero todavía no tengo idea de dónde estoy. Papá lleva mi cuerpo tembloroso a la camilla. Ahora estoy en la ambulancia sujetado, asustado junto a mi mamá. No tengo ni idea de que me estoy moviendo en un vehículo. Quiero ir al baño, pero no me salen las palabras, no son claras. Estoy tan molesto que sé lo que necesito, pero mi voz se ha ido. Mamá es mi única voz, mis niveles de azúcar están aumentando, ¿por qué no puedo hablar?, ¿por qué no estoy de vuelta a la normalidad? Tomo una siesta, pero todavía no tengo voz.

Finalmente llegamos a la sala de emergencias. Logro decir que tengo que orinar. Sí, al fin salieron las palabras, pero vuelvo a perderlas pronto. ¿Dónde estoy? Quiero ir a casa, ¡quiero ir a casa! ¿Dónde está papá? Mis labios están tan apretados. Las palabras no salen. El sueño se hace cargo una y otra vez. No, no quiero comer, no tengo hambre. “El azúcar en tu sangre está bajando. ¡A comer, comer, comer, por favor!”. No, estoy tan cansado. Puedo beber un poco de jugo. Lo vomito. Medicamentos contra las náuseas. No confío en ellos. A dormir. “Por favor, come, por favor come, el azúcar está cayendo”. Tomo jugo. Como una pequeña porción de tocino a la fuerza. Lo vomito.

Es hora de la intravenosa. ¡Ay, ay, ay! Detente, detente, detente. A dormir. El azúcar sube, el agua con azúcar ayuda. Tengo que pasar la noche en el hospital. Ya no hay más luchas. El sueño se apodera de mi cuerpo cansado. Mamá y el tío están a mi lado, papá viene y va. Quiero tomar una ducha. A dormir, dormir, dormir. Estoy despierto. Realmente quiero tomar una ducha. La enfermera dijo que sí; por fin puedo tomar la ducha y luego me duermo.

Los médicos están tratando de averiguar las proporciones numéricas. No me importa; sólo quiero sentirme mejor. Háganme sentir mejor. Todo esto es porque tengo diabetes tipo 1 y rezago post atlético (post athletic lag, en inglés) y traté de ser un niño y jugar en la playa fría y quemé demasiada energía y mi hígado tomó todos los azúcares y luego las dejó caer demasiado fuerte, demasiado rápido. Mis padres me encontraron con el azúcar baja, frío y sin respirar. La vida es frágil. Besa, abraza y ama tanto como te sea posible. Gracias a Dios por Wesson, papá y mamá. Estoy bien y descansando en el hospital.


De Sarah: Este fue el día de mi hijo de 8 años de edad. La diabetes tipo 1 nunca duerme. Todo lo que puedo hacer es esperar a que aparezca una cura y orar por un mejor día. Estamos mejor simplemente descansando y esperando respuestas. Esta es la séptima convulsión en los dos años que Maverick lleva de tener esta enfermedad; el regazo post atlético, un resfriado, las emociones, cada cosita lo afecta tanto. Estamos en busca de respuestas.

ESCRITO POR Sarah Neibert para Maverick, PUBLICADO 08/02/16, UPDATED 04/24/19

La madre Sarah Neibert comparte esta historia para su hijo Maverick, un niño de ocho años activo con un caso no tan normal de diabetes. A él le encanta el baloncesto, el snowboard (especialmente con el programa llamado Riding On Insulin —en movimiento con insulina— especial para personas con diabetes tipo 1) y está intentando jugar lacrosse por primera vez. Ama a sus cachorros y los viajes a la playa con su hermana Chavelle.