Las Lombrices y Mi Diabetes, Una Historia de Irene

4/15/19
ESCRITO POR: Irene Villagomez Hernandez

 

Mi historia

Era 1986 y tenía siete años. De un momento a otro comencé a bajar de peso. Mis piernas y glúteos siempre han sido andes ¡incluso cuando era niña! y de pronto, todo desapareció.

Adelgacé mucho, tenía mucha sed y comencé a mojar mi cama por las noches. Además tenía unos dolores tremendos en el abdomen.  He recordado ese dolor del lado derecho de mi cuerpo tan característico por mucho tiempo.

Lombrices

Mi madre me llevó a la clínica correspondiente y los doctores le informaron velozmente que no debía preocuparse, que no tenía nada serio y que seguramente se trataba de lombrices.  Sí, eso dijeron: lombrices.
Me tomé el medicamento como fui instruida y las “lombrices” no desaparecían. Yo seguía sintiéndome mal así que mi madre me volvía a llevar a consulta. Los médicos le repetían que las lombrices no desaparecían de la noche a la mañana y que seguramente tenía yo un proceso infeccioso mayor por estas  “lombrices”.

De lombrices a diabetes

Así pasé mucho tiempo tomando medicamentos y nada parecía eliminar a estas lombrices malévolas. Mi madre, ya muy preocupada por mi aspecto esquelético, decidió llevarme con un médico particular. Cabe mencionar que no lo hicieron antes porque la economía en casa  no era muy buena, mi madre era ama de casa y mi padre era obrero.
Éste médico particular me mandó a hacer análisis de orina y sangre y en el mes de Febrero de 1987 a los 7 años y medio le dieron la noticia a mi madre: su hija tiene diabetes.
¿Porque le dio eso? Decía mi madre, seguido de lágrimas en su rostro.
En realidad no recuerdo más de la consulta pero el Doctor Leyva (quien me abraza cuando nos encontramos y me felicita por tener tan buena salud) le había explicado a mi madre que me tendría que inyectar insulina y que era el único tratamiento conocido para poder vivir y que éste era de por vida.
Salimos del consultorio y le pedí a mi madre comprarme un helado. Recuerdo vívidamente  cómo me dijo con lágrimas  “te la voy a comprar pero es la última porque lo que tienes ya no te va a permitir comer dulces.” Debo confesar que en ese momento ni me importó ni sabía lo que significaba. Al día siguiente comenzaba una nueva historia acompañada de insulina y jeringas.

Mi destino era vivir

Algo me queda muy claro, No me tocaba morir, mi destino era vivir ¡y vivir bien!
Al principio íbamos todas las mañanas y tardes a que el doctor Leyva me inyectara pero eso costaba dinero, la insulina era cara, las consultas igual y lo poco que había en casa se estaba agotando. El doctor nos recomendó acudir al IMSS para que ahí nos dieran el tratamiento y mi tratamiento no fuera tan costoso.

Buscando la cura

Aquí empezaba otra historia porque la gente y la familia es metiche e ignorante, no por malas personas pero sus comentarios hicieron daño, mucho daño. Mis padres ya convencidos por todo lo escuchado, ignorancia y los mitos no aceptaron seguir el tratamiento del IMSS y decidieron buscar una “cura” en otros lados. Sí, un grave error.
Primero visitamos a un médico naturista de Tláhuac que  traía botellas con agua de colores, esta era “medicina” para tomar todos los días.  No me curé por cierto.
Después visitamos a un médico herbolario de Nezahualcóyotl que vendía hierbas para hacer diferentes tés. Tampoco me curé aquella vez.
Cerca de casa me llevaron con un “brujo” el cuál me hizo una limpia, con hierbas, huevos, y pidió me envolvieran en una sábana para que no me diera el aire. Si esto no me curaba ya no sabríamos que tenía cho en realidad. No, tampoco me curó esta práctica.
Por último visitamos a Shaya Michan, quien se encargó  de dejar a mi familia en la calle con sus cápsulas, hierbas, miel con polvos mágicos.  Después de un año de tratamiento no parecía haber avance así que se atrevió a indicar a mi madre que yo tendría que tomar la famosa “agua de vida” pues el sabía, en su experiencia, que era lo mejor para aliviar cualquier cosa. El agua de vida era mi propia orina que debía tomar todas las mañanas.
No, tampoco funcionó.

Hay cosas en la vida que no se olvidan

Gracias a Dios, mis padres ya sin dinero y con mucha angustia por mi aspecto decidieron regresar al Seguro Social. Con análisis en mano regresamos a la clínica donde me habían diagnosticado lombrices y lo primero que hicieron los médicos fue regañar a mi padre.  Recuerdo a la Doctora diciéndole a mi padre: ¿por qué no la trajo antes? ¡Si le cortan una pierna a su hija será su culpa! ¡Si se queda ciega y pelona será su culpa! ¡Tal vez sólo viva hasta los 15 años ! Hay cosas en la vida que no se olvidan
Ya teníamos tratamiento gratis en el IMSS pero a mi padre le había costado un regaño tremendo y su moral destruída por los suelos.

La larga historia

La historia ha sido larga con muchas cosas en el camino, insulina bovina, porcina y ahora humana y cada vez mejores tratamientos. Pasé por la clínica 31, el Hospital de los Venados y desde los 16 y a la fecha en el Hospital de Especialidades Siglo XXI. Acudí a maravillosos campamentos en Oaxtepec para niños con diabetes con el Doctor Luis Pasten, quien sigue laborando para una de las más grandes Asociaciones en México.  Mi historia seguirá porque aún tengo mucho que aprender. Definitivamente mi destino ¡ERA VIVIR!

 “La diabetes te puede quitar pero te recompensa al triple”

Hoy mujer de casi 40 años, amo las ventas, me encanta el deporte, amo nadar, mi madre y mis hermanas siguen vivas. Mi padre falleció pero estoy segura que se fue orgulloso de mí. Él no me tuvo que sepultar,  estoy casada con un hombre maravilloso y trabajador y tengo un hijo.
A veces me pregunto ¿por qué me ha ido tan bien? La respuesta que encuentro de inmediato es “¿Y por qué no?”
Y ahora los tengo a grandes amigos con diabetes, Mariana, Mario, José Luis, Michelle, el doctor Carlos Antillón, Julissa, Iván,  Alexis, Ruth, ¡quiero ser como ustedes, saber como ustedes, leerlos, escucharlos y conocerlos es emocionante! Quiero más y la vida definitivamente me sigue dando cosas maravillosas. ¿Saben porqué me las ha dado? Por vivir con diabetes.

Irene Villagomez Hernandez

Irene fue diagnosticada el 14 de febrero de 1987. Ella es una mujer trabajadora, exigente, bastante mandona, líder de hueso colorado, defensora de los animales, me arranco las greñas si tiran basura en la calle, a la vez una combinación de diversión. Irene es además atleta y vocera por la diabetes Tipo 1 en México.