Lo que me salvó después de este error con la diabetes

7/18/18
ESCRITO POR: Carter Clark

Un puñado de mis amigos se miden su azúcar en la sangre con bastante frecuencia. Es algo así como un juego. ¿Qué hace el nivel de azúcar en la sangre de las personas que no tienen diabetes después de un duro día de escalada? ¿O qué tan alto sube después de la invasión de un mercado de granjeros y el consumo interminable de batidos? En estas pruebas, los ojos de mis amigos se abren por lo volátil que es el azúcar en la sangre. Incluso sus lecturas, con un páncreas perfectamente funcional, listo para afrontar al mundo, suben y bajan, a veces más allá de los ritmos y razones que esperamos.

 

Había algunos de nosotros amontonados en la pequeña sala de mi amigo, preparándonos para comer un festín de proporciones monstruosas posterior a la escalada. Para mí, hubo una medición rápida, una corrección para mi nivel alto de azúcar en la sangre y una dosis para la comida que estaba a punto de comer. Mientras guardaba mis cosas, Emily mencionó lo buenísimo que era que mi nuevo medidor Darío se conectara a mi teléfono. El interés aumentó y pronto estaba buscando una nueva lanceta para que Mauricio pudiera probar su nivel de azúcar en la sangre. Emily y Adonaí se habían medido innumerables veces, pero esta iba a ser la primera vez de Mauricio.

 

Conectó el receptor de la tira en el conector para auriculares, abrió la aplicación y cinco segundos más tarde, cuando la cuenta regresiva se hubiera terminado para mí, o para ti, o para un valiente niño de 5 años que sabe usar un glucómetro, él solo se quedó allí mirando. Él estaba asustado. Tomó un tiempo para calmarse, y luego un empujón verbal, pero con un estremecimiento de cuerpo entero, estaba apretando su dedo y colocando una gota de sangre en este artilugio futurista.

“¿Cuál es el rango aceptable de nuevo?”, levantó la vista y preguntó. Empecé a explicarle, pero me detuve cuando encontré el número 311 en la pantalla. Le dije que se lavara las manos, porque la fruta de nuestros bocadillos había interferido claramente. Manos lavadas. Procedimiento repetido. 5, 4, 3, 2, 1. Esta vez la pantalla decía 320. Simplemente no era posible. Algo tenía que estar mal. Mi cabeza corría a mil millas por hora. Entonces, recordé con qué frecuencia todos nos burlábamos de él por orinar con tanta frecuencia. En un instante, mi cerebro cambió de correr a moverse en cámara lenta.

Emily habló. “Déjame merdirme para ver qué dice”. Yo me medí hace unos días y estaba bien, así que sabemos que no tengo diabetes”.

Sí. Vamos a hacer eso. Hagamos cualquier cosa que no implique que tenga que diagnosticar a mi amigo con una enfermedad de por vida, especialmente una para la que es difícil conseguir los recursos adecuados en Panamá. Ella se midió. 5, 4, 3, 2, 1. El medidor decía 304. Fue como respirar aire fresco. Le sacamos una risa a Adonaí, que hasta ese momento había sido un espectador silencioso en la cocina. Entonces Mauricio no tiene diabetes. Buenas noticias por todas partes. Estoy bastante segura de que todos nos chocamos los cinco.

Esa felicidad duró tanto como necesité tiempo para poner mis ojos en mi pequeña bolsa para la diabetes. Ese medidor, que ahora se sabe que está roto, es lo que me indicó que me diera la corrección que me acababa de aplicar. Había dosificado para una comida, pero también había dosificado para mi nivel de azúcar en sangre que era de 365. Si en alguna parte entre los números de Mauricio y Emily estaba mi número “perfecto”, eso significaba que mi nivel de azúcar en la sangre era en realidad alrededor de 150. Resulta que veinte minutos antes, cuando los números fueron ajustados por el error del medidor, había corregido a un espantoso -95 mg/dL.

Afortunadamente, mientras mi cerebro había hecho un baile entre correr a la velocidad de la luz y la cámara lenta con la idea de que un amigo descubriera que tenía diabetes, esta noticia de sobrecorrección solo provocó una gran calma. Mi medidor era más o menos inútil, por lo que las pruebas adicionales no iban a ser de ninguna utilidad. No elaboré bien mi plan. Iba a comer una cantidad inaudita de comida, a intervalos para que mi cuerpo pudiera manejarla, y llevaría el glucagón por si acaso. Estábamos viviendo en una ciudad sin hospital, por lo que un viaje a la sala de urgencias para aplicarme una intravenosa de dextrosa estaba fuera de discusión. Mi número estaba entre los 150, así que eso añadió un colchón de tiempo también. Pasaría un tiempo antes de que la dosis comenzara a afectarme. Así que nos sentamos, esparcidos por sofás, sillas y escaleras, y comimos el mismo festín que tanto nos había entusiasmado antes de que este desastre tachara las mentes.

El plan era ir a la cervecería después de la cena, pero una parada en el supermercado rápidamente hizo que esa aventura esperara un poco. Ahí, tuve mi primera sensación de que bajaba mi nivel de azúcar en la sangre. Antes incluso de llegar al cajero, me había tomado una caja de jugo de maracuyá. Mientras veía a mis amigos, ahora en la cervecería, pasar vasos para la jarra que se acercaba, bebí otro jugo y comí una bolsa de caramelos duros. Al final, hubo muy poca emoción en la noche. Nos burlábamos de mi bolsa de caramelos y la caja de jugo en la barra y nos reíamos del bigote de espuma que Adonaí se había puesto accidentalmente. Me detuve de vez en cuando, centrándome en cómo se sentía mi cuerpo, sabiendo que llamaría a un amigo a un lado y me iría a casa, o al hospital, si fuera necesario. Hubo miradas a los dedos: comparaciones entre los callos por las escaladas y los callos por pinchar los dedos. Cuando estábamos listos para partir, el glucagón seguía intacto en su propio taburete, junto con el medidor Darío que más o menos había intentado matarme.

Desde entonces, he pensado en este día más de un puñado de veces. ¿Qué lección aprendí? No he seguido usando el medidor Darío, ni lo recomendaré a alguien más que tenga diabetes Tipo 1, pero esa no puede ser la única lección. Si ninguno de nosotros usara compañías que tuvieran errores en los lotes de sus productos, no tendríamos ningún recurso frente a nosotros. Desafortunadamente, vivimos en un mundo donde la posibilidad de estar en el lado receptor de un mal lote debe ser aceptada, incluso si la mayoría de las veces, bloqueamos esta realidad de nuestro proceso de pensamiento. Tal vez fue mi habilidad para respirar profundamente y darme cuenta de que dependía de mí, en lugar de la tecnología para la diabetes, controlar la situación.

Ser capaz de permanecer quieto, tomar un segundo y medir dónde se encuentra mi nivel de azúcar en la sangre es una habilidad más valiosa que cualquier tipo de nuevo sensor o software que brille intensamente en las páginas web de los productos para la diabetes Tipo 1. Si mi noche no hubiera estado acompañada con la confianza de sentir eso, habría sido un desastre y, sin lugar a dudas, me hubiera ido en el primer taxi al hospital a 65 millas tomando la carretera. Tal vez fue la calma. En realidad, sí, me atrevería a decir que mi mayor lección fue definitivamente la calma. Esa fue la joya que permitió que un plan se hiciera rápidamente y mantuvo a mis amigos y a mí todos en el mismo sentir.

Entonces, al final, fue un día tan disperso como cualquier otro día normal con diabetes Tipo 1. Vi a mi amigo, un escalador fuerte como una roca, estremeciéndose y necesitando un refuerzo positivo para hacer algo que los niños pequeños con diabetes Tipo 1 hacen con tal ciencia que con frecuencia lo hacen sin pestañear. Vimos cómo los avances en la tecnología, las cosas que apilan miles de millones de dólares para las compañías farmacéuticas, me fallaron, con consecuencias extremadamente peligrosas. Había una capacidad de mantener la calma, aunque si alguien tuviera que ver el escenario en papel, debería ser la definición de un pánico total. Hubo nombres usados ​​más allá del mío, y aunque probablemente no conozcan a Mauricio, Emily y Adonaí, puedo apostar que ustedes tienen sus propias versiones de ellos, sus propias versiones que son el pegamento que lo mantiene todo unido.

Y si no es así, mi correo electrónico es acarterclark@gmail.com. Quizás vivo de mochilera dentro y fuera de las montañas, pero les prometo que soy bastante buena para responder a los mensajes.


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Carter Clark

Carter Clark fue diagnosticada con Tipo 1 en 1996 y a los 23 años está disfrutando de haber encontrado su voz en esta próspera comunidad de diabetes Tipo 1. Ella cree en la importancia de buscar las cosas que nos hacen sentir más vivos. Viviendo un estilo de vida nómada en los últimos años, ella es actualmente una fotógrafa profesional para un programa de educación sustentable en Panamá.