No es una bomba, es mi microinfusora de insulina

8/3/16
ESCRITO POR: Samantha Willner

En el 2013, hice mi primer viaje de aventura sola a Estambul. Después de comprar el boleto, me sentí completamente llena de júbilo por exactamente cinco segundos antes de que me diera cuenta de que había cometido una decisión ridícula, loca, impulsiva y totalmente desaconsejable.

Con el fin de calmar mis miedos, compulsivamente planifiqué cada detalle de los meses del viaje por adelantado; investigué los barrios más seguros, aprendí por mi cuenta algunas palabras y frases básicas de turco, y llené mi itinerario con visitas, sitios para ver, y otras actividades comunales a la luz del día. Al vivir con diabetes tipo 1 y usando una bomba de insulina, también tuve que tomar precauciones adicionales, como abastecerme de suministros médicos en caso de una emergencia.

Cuando llegó el gran día, había revisado y vuelto a revisar, empacado y vuelto a empacar. Incluso llegué al aeropuerto con 5 horas en anticipación, sólo por si acaso. Logré pasar por la seguridad de forma rápida, abordé el avión sin ningún problema, y despegamos en el tiempo preciso.

Todo iba exactamente como estaba planificado; hasta que, por supuesto, llegué a Turquía.

En toda mi ferviente planificación, no me había trazado la ruta desde el aeropuerto hasta el hotel. Erróneamente supuse que habría Wi-Fi disponible para ayudar a resolverlo. Sin embargo, todas las redes que probé estaban protegidas por contraseña y no podía conectarme al servicio del celular. Después de haber pasado por la aduana y de haber asegurado mi equipaje, deambulé hacia afuera con la esperanza de que pudiera encontrar una red abierta, pero fue en vano. Tratando de mantener la calma, volví al aeropuerto para localizar un punto de información para que me apuntaran hacia la dirección correcta.

Sin embargo, cuando traté de volver a entrar, al instante me detuvieron en un control de seguridad. Un poco cansada, tiré mi equipaje en la cinta transportadora y caminé por el detector de metales. En cuestión de segundos, las luces empezaron a parpadear, las alarmas se encendieron a todo volumen, y dos hombres comenzaron a gritarme en turco muy rápidamente. Me quedé inmóvil en el lugar, y me di cuenta en ese momento que era la bomba de insulina en mi sujetador que había hecho sonar la alarma.

Aunque esta fue la primera vez que viajaba sola, tenía mucha experiencia de viajar al extranjero con diabetes tipo 1. Con el tiempo, he aprendido que las bombas de insulina para la diabetes se manejan de manera inconsistente por los guardias de seguridad dependiendo del aeropuerto en el que uno se encuentre, pero por lo general sólo hay un puñado de casos que pueden ocurrir.

En el caso A, paso a través del detector de metales y nadie dice una palabra sobre la caja pequeña y visible adherida a mi abdomen con un alambre. En el caso B, me detienen para llevarme a un lado a interrogarme, pero por lo general me piden que pase adelante al mencionar la “diabetes”; o está el caso C, donde me llevan a un lado para someterme a una muestra manual con hisopo para asegurarse de que no llevo un explosivo secreto dentro de la bomba de insulina.

Asumiendo que estaba en el caso B, tiré de la bomba de insulina (rosa) que estaba en mi sujetador y les dije a los dos hombres turcos que ahora me palmeaban para revisarme, “tengo diabetes tipo 1”. Inmediatamente, saltaron hacia atrás, y me di cuenta de que había cometido algún tipo de error grave. Después de unos momentos confusos me señalaron y dijeron: “Venga”.

Dejando todas mis pertenencias, me llevaron a una habitación pequeña, con poca luz con una sola puerta y me dejaron sola por varios minutos. Frenéticamente, traté de ingeniarme un plan de juego, pero el terror de ser detenida en un país extranjero sin un medio de comunicación me dejó paralizada. En medio de mi pánico, cuatro hombres con uniformes entraron en la sala.

Uno de ellos señaló a mi pecho. “Tengo diabetes tipo 1”, repetí desesperada. Nadie mostró ninguna señal de que comprendieran.

Lo intenté de nuevo. “Di-a-be-tes”. Pero, aun así nada. Una vez más, señalaron a mi pecho, así que una vez más metí la mano en el sujetador para recuperar la bomba, un gesto que fue recibido por más palabras incomprensibles y el sentimiento inquebrantable de que estaba en graves problemas.

No hay manera de que pudiera ser la única persona con diabetes tipo 1 en viajar a Turquía, pensé. Así que decidí decir cada palabra que podía pensar relacionada con la diabetes con la esperanza de que desencadenara algún tipo de reconocimiento. Le dije: “¡Insulina! ¡Enfermedad! ¡Medicina!”, pero nada funcionó. Después de casi treinta minutos de este juego inútil, uno de los guardias salió sólo para volver con otro agente más, lo que hizo que el número total de personas hacinadas en esa pequeña habitación ascendiera a seis; cinco intimidantes hombres turcos, y una aterrada mujer americana con diabetes.

Este nuevo guardia hablaba inglés un poco mejor que sus homólogos, y también parecía menos aterrorizante. Lo intenté de nuevo con él. “Diabetes. Tengo diabetes. Se trata de una bomba de insulina”. Él contorsionó su rostro mientras pensaba, se volvió hacia sus compañeros y sacudió la cabeza. Luego, se volvió una vez más a mí y dijo: “¿El azúcar en la sangre?”

“¡Sí!” Salté de mi asiento y aplaudí involuntariamente, muy felizmente aliviada de que alguien finalmente entendía. El guardia se sonrió y dijo: “Está bien, se puede ir”, así que me quedé expectante y esperé a que alguien me llevara fuera de la habitación. Sin embargo, todos los hombres permanecieron inmóviles y seguían mirándome. Miré hacia atrás, sin saber qué hacer a partir de ahí. Entonces, por enésima vez, uno de ellos apuntó a mi pecho. Esta vez, sin embargo, me dio una instrucción: “Abrir”

Empecé a protestar. ¡Sin duda, era ilegal que me revisaran sin ropa sin algún tipo de explicación o al menos que tuvieran la cortesía de una mujer guardia! Sin embargo, estaba tan desesperada por salir y empezar lo que se suponía iba a ser una aventura maravillosa yo sola que decidí obedecer. De mala gana, levanté mi blusa casi en su totalidad por encima de mi cabeza para que pudieran ver que no tenía ningún otro dispositivo extraño en mi sujetador. Inmediatamente, los cinco de ellos estallaron en una risa incontrolable. Fue sólo entonces cuando me di cuenta de que estaba de pie directamente en frente de la única puerta para salir.


Para más de Samantha Willner lee “Viendo con claridad” y “A los padres con hijos que padecen diabetes tipo 1”“.

Samantha Willner

Samantha fue diagnosticada con diabetes tipo 1 cuando tenía 1 año de edad. Después de graduarse de la universidad de Cornell con un título en comunicaciones, trabajó en McGraw-Hill Medical en la ciudad de Nueva York hasta que su pasión por fortalecer la comunidad de diabéticos tipo 1 la llevó hasta su actual puesto en JDRF. Su misión personal y profesional es conectarse con otras personas que padecen MD1 con la información y apoyo necesario para que puedan vivir una vida feliz y saludable hasta el día en que se encuentre la cura. Puedes seguirla en Twitter @SamanthaWillner o en su blog, www.HackDiabetes.tumblr.com.