ORGULLO, VICTORIA y DIABETES TIPO 1


 

El verano de 2014 entre mi segundo y tercer año en West Point (academia militar en E.E. U.U.), pasé una temporada de tres semanas en el bosque fuera de la academia realizando entrenamiento de infantería, luego un mes en la base militar de Qatar antes de regresar a los Estados Unidos para asistir a la escuela Airborne (escuela militar de paracaidismo en E.E. U.U.). Recuerdo la belleza única que estos lugares poseían, el resplandor del amanecer en el bosque luego de una misión nocturna, el intenso color rojo del sol arábico sobre el desierto o la zona de aterrizaje que se hacía más y más grande mientras caía silenciosamente junto con otros diez paracaídas, según alcanzaba a divisar. Sé que todo esto sucedió y estoy agradecida por haberlo experimentado; pero todo se queda a un lado cuando el hambre, la sed, los ojos secos  y el cansancio me abrumaban durante ese verano, esas eran señales silenciosas de  diabetes tipo 1.

Regresé a West point junto con mis alas de Airborne orgullosamente ancladas a mi pecho, muy lista para ser oficialmente una estudiante avanzada. Aunque la emoción de mi verano acabó, las señales silenciosas ya no eran tan silenciosas. Una mañana me arrastré para llamar y reportarme enferma esperando que todo se solucionara rápidamente y así poder regresar a mi entrenamiento de triatlón con mi equipo e iniciar las clases. Tres días después regresé al cuartel con inyectores de insulina, agujas, lancetas, tiras reactivas, un medidor de glucosa y una expresión de conmoción. No hay antecedentes de diabetes tipo 1 en mi familia y sólo llegué a concoer a algunos niños en mi escuela secundaria con esta condición. Además de las consideraciones médicas tuve que plantearme  cómo mi posición de cadete y futura oficial se verían afectados.

Lo más difícil  de este diagnóstico es algo que aún me cuesta entender, la índole permanente de la diabetes tipo 1. No puedes tomar vacaciones de examinarte, del tratamiento o de las predicciones, ni siquiera un descanso para tomar un pedazo de comida, nadar, montar bicicleta o trotar por el resto de tu vida. En mi primera cita con el endocrinólogo recuerdo haberme sentado visualizándome ya siendo una mujer en edad avanzada, pinchando mi dedo y midiendo mis niveles de glucosa antes de comer un poco de pudín de tapioca, una visualización graciosa pero alarmante. Era más fácil pensar en cosas a corto plazo en lugar de visualizar esas decisiones. ¿Qué comería en el almuerzo?, ¿qué tanta insulina necesitaría?, asumiendo que montaría a bicicleta en algunas horas, ¿en dónde debo colocar mi Dexcom esta semana para que no estorbe en mi uniforme? ¿Cuántas tiras reactivas debo llevar en mis bolsillos si voy a estar en el campo todo el día?

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Hubo mucho ensayo y error, pero cada decisión que funcionó, cada decisión que dio como resultado un nivel de glucosa estable en mi bomba de insulina/ CGM (monitor continuo de glucosa, por sus siglas en inglés) son los momentos de orgullo y victoria que nunca experimenté antes de mi diagnóstico. Lo que realmente me mantiene estable es el apoyo de los que me rodean. Siempre supe que West Point me daría más hermanas y hermanos de lo que puedo imaginar y mi diagnóstico sólo lo confirmó. Mis compañeros de equipo en el triatlón construyeron una base especialmente para mí luego de que tuve que aprender nuevamente todo lo que sabía sobre carreras. Nunca perdieron la paciencia, nunca mostraron más que pura curiosidad y cuidados mientras yo experimentaba con mi alimentación, insulina y resistencia.  En cuanto a mi familia, estoy bastante segura de que mis padres han leído más libros sobre la diabetes tipo 1 este año que un estudiante de medicina promedio, durante esos primeros meses de mi diagnóstico ellos condujeron hasta West Point desde Filadelfia para asistir a mis citas y entregarme suministros tantas veces que estoy segura que lo pueden hacer con los ojos cerrados.

La confianza con la que me apropio de mi  DM1 no está relacionada con los aparatos sofisticados que soy afortunada de utilizar, sino con el apoyo inicial y constante de aquellos que me rodean.

Poco menos de un año luego de mi diagnóstico fui capaz de tener un verano de aventuras, realizar excursionismo de mochila en ciudades alrededor de Alemania antes de mi entrenamiento con la armada en la zona rural de Baviera, luego regresar a West Point para ayudar a ejecutar el entrenamiento básico de cadetes. Aparte del pequeño atisbo de mi sensor Dexcom durante un examen de aptitud física o una punción en el dedo antes de comer en el comedor, soy como cualquier otro cadete de primera clase en la academia, ansiosa por sacar provecho a mi último año antes de servir al mejor ejército del mundo. La diabetes tipo 1 ha reforzado mi determinación a servir al país, defender a aquellos que han hecho tanto por mí con mis hermanos, hermanas y mi bomba de insulina a mi lado.

ESCRITO POR Holly Harrington, PUBLICADO 07/29/16, UPDATED 08/22/17

Holly fue diagnosticada con Diabetes tipo 1 a la edad de 20 años, siendo cadete empezando su último año en West Point. Gracias al apoyo de su familia, amigos y compañeros de equipo Holly pudo seguir entrenando tanto atlética como militarmente y aún continúa haciendo lo que más ama, específicamente viajar y jugar con su perro. Ahora es un cadete de primera clase, se está especializando en política comparativa con énfasis en árabe y español. Le encanta aprender de otros miembros de la comunidad de diabetes tipo 1 y se inspira todos los días con sus historias.