Parte cuatro: las cosas que creía saber


 

Antes había constantes. Había puntos de referencia en mi vida. Había cosas que sabía. Solía haber cosas que sabía. Algunas eran concretas y otras siempre han sido más efímeras. Creía saber cómo preparar la cena. Ya no lo sé. Creía saber qué significaba ser una buena madre. Ahora no tengo idea de cómo expresaría esa opinión sobre mí misma, mucho menos sobre alguien más. Creía que todos debían dormir en su propia cama. Ya no es así (no lo creo, y honestamente, tampoco lo hago). Creía que mis hijos serían los afortunados. Esa es la mentira que nos decimos a nosotros mismos para que nosotros, los padres, podamos seguir viviendo. Mis hijos estarán bien. No se lastimarán. No se enfermarán.

Hasta que sucede.

 

Esta noche, casi cuatro meses después del diagnóstico, tuvimos nuestro primer momento de “la cena está fea y no puedo comerla o podría morir”. Honestamente me sorprende que haya tardado tanto. Antes de la diabetes tipo 1, yo habría respirado profundo y habría dicho algo como “Lamento que te decepcionen las opciones que tienes para la cena, pero si tienes hambre sugiero que des algunos bocados y veas si hay algo en el plato que te quieras comer. No te obligaré a comer nada, pero no habrá más comida para ti hasta mañana en el desayuno”. Esto era algo que yo creía saber. Ella podía comerse lo que le había servido, o podía irse a dormir con un poco de hambre.

 

Pero hoy, tenía el cerebro y el corazón acelerado. Sabía que su lectura del pinchazo en el dedo se encontraba en el rango bajo, y que el medidor continuo de glucosa (luego hablaremos más de eso) mostraba una tendencia hacia abajo, y ella ya había tenido bajas de azúcar durante el día. Bien, P está en la etapa de la luna de miel. Ese es el término que los endocrinólogos usan para describir lo que le ocurre a las personas que acaban de ser diagnosticadas cuando su páncreas, o más específicamente, los pocos islotes pancreáticos que quedan se vuelven a activar durante un período de tiempo, una vez se introduce la insulina sintética y el estrés sobre el sistema disminuye. Esto no significa que ella va a mejorar. Solo significa que tenemos que mantenernos verdaderamente flexibles con nuestro protocolo de tratamiento, porque nunca se sabe cuándo o por qué el pequeño páncreas de P va a tratar de “ayudar” al producir cierta cantidad de insulina adicional, lo que posiblemente haría que tuviera un ataque o entrara en coma. Para no hacer larga la historia: tenía que comer algo, de preferencia un carbohidrato de absorción lenta, de preferencia pronto. Pensé en yogur, algo fácil de ofrecerle. Pensé en mantequilla de maní, sin duda un alimento favorito. Consideré las cajas de jugo que tenía guardadas en el gabinete de los vinos. (Sí, tenemos un gabinete LLENO de vino. No nos juzguen).

Y luego, respiré profundo y dije “Lamento que te decepcionen las opciones que tienes para la cena, pero si tienes hambre sugiero que des algunos bocados y veas si hay algo en el plato que te quieras comer. No te obligaré a comer nada, pero no habrá más comida para ti hasta mañana en el desayuno”. Hice esto mientras le pinchaba de nuevo el dedo para confirmar que sus niveles no se encontraran peligrosamente bajos y mientras colocaba media onza de maní en su plato, pero lo dije. Me gusta pensar que lo dije con calma y con la fuerza y la certeza que P necesitaba para entender que este era el límite, y que estaba a salvo porque mamá y papá lo tenían bajo control.

 

Ella se quejó y lloró, y yo la abracé y repetí “Entiendo que no estás contenta con lo que preparamos de cena hoy. Podemos intentarlo de nuevo mañana, pero hoy, esto es lo que hay de cena y si tienes hambre, sugiero que des algunos bocados”, mientras con ansiedad revisaba los números registrados en el CGM (medidor continuo de glucosa, por sus siglas en inglés). Parecía importante, este enfoque de crianza previo a la diabetes tipo 1, en un mundo posterior a la enfermedad. Todo el tiempo pasé repasando planes alternativos en mi mente y estaba a punto de rendirme y conformarme con un yogur después de contarle historias para dormir, con la esperanza de que fuera una ventana lo suficientemente larga como para que no lo asociara con la cena cuando dijo “Tal vez el aguacate ya no es desagradable”.

 

Dejé que se sentara en mi regazo mientras le daba de comer, algo que nunca habría hecho antes, y comió. Se comió todo el plato mientras reíamos y platicábamos. 130 estable al momento de ir a la cama (esto es genial; es como nuestro punto óptimo de azúcar en la sangre por la noche). Entonces, quizá aún sé algunas cosas, y quizá algunas de las cosas que estoy aprendiendo son incluso más importantes.


Lee los artículos anteriores de la serie La nueva normalidad de Kate:

 

 

ESCRITO POR Kate Felton, PUBLICADO 05/21/16, UPDATED 12/16/18

Kate Felton es escritora y artista que vive en Los Ángeles con un perro increíblemente bien portado, tres niños inquietos y encantadores y su esposo siempre paciente. Su hija, Penny, fue diagnosticada con diabetes tipo 1 en diciembre de 2015 a la edad de tres años. Kate escribe un blog en www.notsurehowtodayends.com y escribe también en otras partes en el Internet. Cuando no está persiguiendo niños, produce obras de teatro y es parte de las juntas de varias organizaciones sin ánimo de lucro.