Vivir en una Isla Remota con Diabetes Tipo 1

4/18/19
ESCRITO POR: Abby Crawford

Exploradora de corazón

Me ha encantado viajar hasta donde puedo recordarlo, así que cuando me diagnosticaron diabetes Tipo 1 a los 17 años, comencé a preocuparme de que terminaría mis días de exploración. Esas primeras semanas del manejo de la diabetes sentía miedo y como que todo era impredecible, pero solo hicieron que mi determinación de tomar el control de mi salud y buscar una vida de aventura que siempre había querido fuera más fuerte. Hice mi primer viaje importante solo unos meses después de que me diagnosticaron: mi familia y yo fuimos a un safari en Kenia. Acampamos en medio del Parque Nacional sin recursos médicos cerca. Me preparé de más para ese viaje como ningún otro: tenía repuestos para mis repuestos. Después de manejar con éxito mi diabetes en ese viaje, me sentía confiada en la búsqueda de más viajes, ¡y por mi cuenta! En mi segundo año de la universidad, decidí pasar un semestre estudiando en el extranjero en la Costa Dorada de Australia. ¡Conquisté y disfruté mi tiempo allí! Siguieron muchos viajes pequeños y me sentía confiada al viajar y con el manejo de la diabetes, pero mi próximo gran sueño de viaje no era tan fácil…

Decidí que iba a pasar un año enseñando en una isla remota. A través de un maravilloso programa, encontré la oportunidad de enseñar en la isla de Samoa Americana. Esta isla es tan pequeña que puedes recorrer toda la zona en solo un par de horas. Cuenta con pequeñas tiendas de abarrotes, un cine y algunos restaurantes chinos o de comida rápida. También es tan remota que la masa de tierra principal más cercana es justo entre Nueva Zelanda y Hawái, ¡e incluso esas está a seis horas de vuelo! Antes de emocionarme demasiado, tenía que ser lógica sobre cómo iba a vivir allí con diabetes.

La vida en la isla

La isla tenía una atención médica mínima y, según me dijeron, no había insulina ni suministros para la diabetes. El primer paso fue aclarar esta idea loca con mi médico. Tenía que comprometerme un año con el programa, lo que significaba que no iba a poder ir a casa para chequeos o análisis de sangre con mi endocrinólogo. No puedo decir que él estaba emocionado, pero creamos un sistema en el que él podía ver mis números por Internet. Llenó un montón de papeleo y luego, estaba lista. ¡El segundo paso fue encontrar una manera de conseguir mi insulina! Ya que me habían dicho que en la isla no había insulina, decidí que me la enviaran. Hawái no era una opción debido a las altas tasas de seguro al enviar desde tierra firme, por lo que tuvimos que hacer más investigaciones. Finalmente, descubrimos una compañía llamada Express Ships y pude hacer que pusieran mi insulina en una caja congeladora y enviarla en un barco de carga o avión una vez al mes. El tercer paso fue empacar TODOS mis suministros. Se me permitió traer dos maletas y llené una completa con agujas, tabletas de glucosa, lancetas, baterías de respaldo, medidores, ¡TODO! ¡Para un año entero! Y entonces estaba lista para irme.

¡La isla era absolutamente hermosa! Perfecta para salir en una postal, pero aún muy poco desarrollada. El hospital estaba lleno de bichos, con las puertas abiertas y un personal maravillosamente amigable, pero tenían muy poco conocimiento de la diabetes Tipo 1. Al principio estaba nerviosa, me sentía muy sola. Logré adoptar una rutina saludable en medio del estilo de vida poco saludable que vivían muchos isleños. ¡Mis estudiantes entraban a clase comiendo frosting en lata para el desayuno! Los dos o tres restaurantes de la isla solo ofrecían comida rápida y la educación para la salud y la forma física eran mínimas. Con tan pocos recursos, tuve que encargarme de permanecer en el camino correcto. Encontré verduras que me gustaban entre la nueva e interesante selección que se ofrecía y me mantuve alejada de la cantidad inagotable de comida chatarra. Nadaba y caminaba para hacer ejercicio y disfruté de la belleza de la isla a pie tanto como pude.

Los mejores planes

Así que mis envíos de insulina iban según lo planeado, llegando cada dos semanas en un barco de carga o en avión. Me sentía bastante cómoda con ese sistema hasta que sucedió algo aterrador. Con poca conexión a Internet, tuvimos poco tiempo de aviso antes de que ocurriera un gran huracán. Se cortó la electricidad, se cortó el agua y se canceló la escuela. Aproximadamente cuatro días después, llegué al final de mi última pluma de insulina y tenía miedo. La isla estaba en mal estado pero el hospital permaneció abierto. Los llamé y pregunté si podía recoger mi insulina con la esperanza de que hubiera llegado antes del huracán. Me dijeron que el vuelo que transportaba medicamentos había sido cancelado. No parecían preocupados hasta que mi sentido de urgencia se tradujo.

Finalmente, me informaron de un suministro de reserva de viales de insulina en la isla para uso militar y, si realmente lo necesitaba, podía tener acceso a ellas. Lo hicieron parecer como que era algo muy confidencial. Al no querer aceptar la oferta de frasco de insulina (que mirando hacia atrás, estoy segura de que hubiera estado bien), decidí estirar mi pequeña cantidad de insulina y vivir una dieta súper baja en carbohidratos hasta que se controlaran los daños y el vuelo pudiera llegar. Nuestro árbol de aguacate en el patio había desparramado aguacates por todo el suelo, así que me los comí junto con nueces y barras de granola durante los próximos dos días hasta que el vuelo pudiera llegar. Una vez que recibí la noticia de que mi insulina estaba en la isla, me sentí muy aliviada, pero la experiencia realmente me asustó. A partir de entonces, me preparé de más. Siempre tenía cajas de respaldo e incluso llevé suministros adicionales a la escuela. Aunque esta fue una circunstancia extrema, la lección que cualquiera puede aprender es que nunca se sabe realmente lo que va a suceder. Siempre debes mantenerte preparado, incluso preparado de más, con tu diabetes.

Con eso en mente, sal y viaja porque ¡NADA puede detenernos!

 

Abby Crawford

Abby habla más sobre su emocionante vida en su blog: www.diabetestravelchick.com. Le encanta explorar el mundo y lleva años viviendo en el extranjero. Lleva más de ocho años viviendo con diabetes y, aunque a veces lucha, nunca deja de viajar e intenta inspirar a otros para que lo hagan. Echa un vistazo a sus aventuras en Instagram: @diabetestravelchick.