MATÁNDOME A MÍ MISMA LENTAMENTE Y MI DECISIÓN DE VIVIR

8/1/16
ESCRITO POR: Alex Reidy

Alexandra_Reidy_1Siempre he sido una persona atlética y muy saludable.  Nadé competitivamente por más de 10 años hasta que me comprometí a jugar lacrosse (deporte) en la secundaria. Mi sueño era jugar lacrosse en la universidad en la División del nivel 1, y tuve la posibilidad de obtener una beca para la UC Davis (Universidad de California, Davis).  Me quebré el pie en dos puntos durante nuestra última práctica de pretemporada, de la temporada, y tuve una gran dificultad para recuperarme. Constantemente estaba muy enferma con gripe y neumonía.  En una ocasión me quedé inmóvil durante 8 horas en la parte trasera de un bus completamente lleno cuando íbamos camino a Oregon para un juego. No podía retener comida alguna, tenía dolor en todo mi cuerpo y estaba completamente sin energía. Recuerdo esa tarde haber hecho mi calentamiento antes del juego y haberme tomado por lo menos 6 Advils que me dio nuestro entrenador para ser capaz de resistir la hora.  Sentí que mi cuerpo se estaba apagando.    

Mis compañeras de equipo y amigas notaron lo enferma que me mantenía siempre, pero yo no podía descifrar lo que estaba pasando. Con el tiempo me cambié de UC Davis y tomé la decisión de ingresar a Gettysburg para continuar jugando.  Ese verano me maté trabajando.  Estaba perdiendo peso, haciendo ejercicio dos veces al día y sintiéndome de lo mejor.  Todavía tenía problemas persistentes en mis pies, pero logré superarlos.

Como dos meses antes de iniciar en Gettysburg, fui con los doctores para que me hicieran un examen físico requerido para el programa deportivo. Un análisis de orina, un examen de sangre y una serie de preguntas y finalmente estaba fuera de la puerta. Recibí una llamada al día siguiente diciendo que había habido un error de laboratorio con respecto al análisis de orina, así que regresé para otro análisis. Unos días después, recibí una llamada para ver al doctor.  Me dijo que había una cantidad anormal de azúcar en mi orina, lo cual significaba que tenía diabetes. El promedio de mis niveles de azúcar en la sangre en los últimos tres meses había sido de más de 400. Los niveles de una persona que no vive con diabetes llegan aproximadamente a 100. Honestamente solo puedo decir que mi primera reacción fue de reirme.  Dije en voz alta que no podía ser.  La negación empezó.

Las siguientes semanas fueron una combinación de negación y conmoción. Cada día me hicieron como 3 diferentes exámenes de sangre para verificar, volver a verificar y verificar triplemente  que estos resultados no fueran un error.  Presioné a mi doctora para que me diera una posible explicación. Solicité ver otros doctores.  Llamé a cada familiar del lado de mamá y papá para asegurarme de que no hubiera alguna historia de diabetes. Conforme se realizaron más pruebas, fui oficialmente diagnosticada con diabetes tipo 1.

Mi conmoción se convirtió en rabia y enojo.  ¿Por qué tuvo que pasarme esto? ¿Cómo contraje una enfermedad que era “genética”? ¿Dónde estuvieron los síntomas?  Estaba tan enojada con la diabetes.

Uno de los tantos doctores supuso que mi diagnóstico de diabetes tipo 1 fue originado en el período en el que estuve en la universidad cuando estuve extremadamente enferma y mi pie quebrado no sanaba. El colapso en mi sistema inmunológico de alguna manera presionó un botón en mi cuerpo para atacar mi páncreas y cerrar el flujo de insulina.  También dijo que probablemente yo había sido diabética durante años y que nunca fui diagnosticada correctamente.

La realidad de la situación era que yo tenía diabetes tipo 1 y no podía esconderme de ella.

Al principio yo era una experta en controlar mis niveles de azúcar. Pinchaba mi dedo 5 veces al día, me inyectaba en cada comida y siempre estaba consciente de mi consumo de calorías.

Dos meses habían pasado muy rápido y pronto estaba en un avión hacia un nuevo college en donde no conocía absolutamente a NINGUNO. Además, el hecho de que me habían diagnosticado recientemente con una enfermedad para toda la vida, que me confundía y atemorizaba, era desalentador.

Vine a la facultad y me sumergí en el ambiente y el entorno social. Dejé de ocuparme de mi diabetes. Todo era tan nuevo en ese momento y todavía estaba en negación.  Todavía no podía creer  lo que había pasado o por qué tenía que ser yo quien tuviera diabetes. Estaba avergonzada por tener que inyectarme en frente de las personas o por tener que pincharme el dedo en clase. Dejé de tomar mi medicina y estaba bebiendo mucho todo el tiempo. Todavía comía algo saludable pero no tenía problema en darme gusto con algo. Tenía fuertes síntomas. Estaba constantemente fatigada, mareada, extremadamente sedienta  y con náusea.  Con el tiempo llegué a acostumbrarme a la sensación.

El siguiente año y medio fui terrible con mi cuerpo. Rara vez me aplicaba las inyecciones de insulina y revisaba mis niveles. Estaba tan acostumbrada a no tener energía que me convertí en adicta al café y las tabletas de cafeína para permanecer despierta. TENÍA que tomar una siesta cada día, algunas veces dos, para salir adelante en las clases.  Tenía que ir a la cama lo más temprano posible o de lo contrario no podía funcionar mental o físicamente.  Lo único que me mantenía un tanto saludable era el ejercicio que hacía diariamente.

 

Alexandra_Reidy_2Me hospitalizaron tres veces mientras estuve en Gettysburg, una de esas veces tuvo que venir una ambulancia y fue una experiencia alarmante. Todas esas visitas tuvieron que ver con la diabetes. En mi último año tuve neumonía por segunda vez y me sentí de la misma forma en que me sentí en mi primer año en la facultad anterior. No podía mantenerme despierta por más de una hora, apenas podía llegar a clases y estaba tan cansada para comer o ducharme. El malestar unido a mi falta de cuidado por la diabetes fue una de las cosas más dolorosas por las que he pasado.  La negación y el rechazo de cuidarme ganó sobre mi salud y no me di cuenta lo mucho que me estaba lastimando a mí misma.

Regresé a casa de la universidad y tuve el choque con la realidad más fuerte de mi vida.  Mi doctor me hizo pedazos cuando vio mis resultados del examen de sangre y me dijo que me estaba matando a mí misma, en forma lenta pero segura.  Me dijo que mi rechazo al compromiso con esta enfermedad y cuidar de mí misma estaba provocando que mi cuerpo  dejara de funcionar y que me surgieran síntomas serios (ceguera, amputación de pierna/brazo, enfermedad de los riñones, problemas de tiroides).  No podía ocultar que  estaba ignorando mi salud porque los números no mienten.

Mirando en retrospectiva, me siento como una idiota. Dejé que mi pereza, vergüenza y preocupación tomaran control de mi salud y mi vida.

El hecho de que tengo diabetes tipo 1 nunca va a cambiar.  Cada día, estoy aprendiendo a aceptar mi “diferencia” y a seguir adelante. Aprendí a ver a la diabetes como un reto que tengo que vencer cada día. Esta enfermedad me ha empoderado para enfocarme más que nunca en mi salud. Constantemente estoy consciente de todo lo que meto a mi cuerpo  y cómo eso afectará mi azúcar en la sangre.  Continuamente llevo un monitor de glucosa, el cual está adherido a mi cuerpo y revisa automáticamente mis niveles de azúcar cada 15 minutos. Soy capaz de ver un plato de comida o una bebida alcohólica y saber cuántos carbohidratos hay y cuánta insulina necesito. Con esta educación y comprensión he aprendido manejar mejor mi diabetes.

Sí, esto implica un monitoreo constante: pinchazos de dedos, inyecciones, pruebas de cetonas.  Es tedioso, molesto y frustrante, pero puse un alto a sentir pena de mí misma. Algunas veces no puedo explicar por qué tomo mi medicina correctamente y aun así mi cuerpo no coopera, pero estoy aprendiendo cada día cómo sentirme mejor.

No voy a mentir, todavía me frustro y me siento sensible. Algunos días estoy de vuelta en la negación y el enojo que sentí en los primeros meses cuando me dieron el diagnóstico. Veo los moretones por las inyecciones y me pongo muy molesta.  Salgo y bebo en exceso o como una comida llena de azúcar y no pienso sobre esto. Pero me recuerdo de los síntomas y del malestar que sentí durante aquel tiempo y elimino esa actitud.

Me digo a mí misma que soy más fuerte de lo que pienso y más capaz de lo que sé.  Eso es cierto en cada situación y cada bloqueo emocional con el que te topas. Nuestras diferencias son las que nos hacen más fuertes. La forma en la que escogemos levantarnos en la mañana y enfrentar cada día está bajo nuestro control.  Todos estamos en control de nuestra felicidad y eso empieza con cuidarte a ti mismo y tratar tu cuerpo como el bello templo que es.

El hecho es que tuve que guardar mi fuerza para las cosas que podía cambiar.  No puedo cambiar mi diabetes tipo 1, así que la acepto. Estoy orgullosa de ella.

Alex Reidy

Alex Reidy actualmente vive en San Diego, California. Fue diagnosticada con diabetes tipo 1 cuando tenía 20 años. Después de varios sustos médicos y meses de negación, aceptó la diabetes y se rehusó a que esta enfermedad no le permitiera vivir su vida. Ella sigue viviendo una vida de aventura, felicidad y emoción y ve a la diabetes como un reto que debe enfrentar cada día. Está contenta de compartir su historia y motivar a otros a tomar el control de sus vidas y su salud.