El Pasillo Correcto en el Momento Justo


 

 

Teníamos unos meses tras el diagnóstico (2014), y su endocrinólogo me había comentado que debía conseguir una inyección de “glucagon”, que debía tener siempre dulces o jugos a la mano, que si sufría de una hipoglucemia podía llegar incluso a convulsionarse, y que era muy peligroso.

La inyección la busqué en algunas farmacias y no sabían de lo que les hablaba, y en aquel entonces, en mi bolso sólo llevaba el glucómetro con tiras, una pluma de insulina, algunas agujas y unas lunetas.

Una tarde, después de comer fuimos al súper mercado, Robert (de 5 años) con diabetes Tipo 1, mi hijo Carlos de 1 año y mi hermana.

Jugos y mermeladas, parte de este episodio

Los carritos del súper son tan grandes que ambos niños cabían dentro, y como nunca había pasado, Robert de pronto se acomodó y acostó en el interior. De un momento a otro le hablé para que se hiciera a un lado y poder meter cosas, pero no atendió a mi llamado, lo traté de incorporar, pero no respondió y lejos de eso de pronto se desvanecía. Lo primero que se me ocurrió fue revisar su glucosa: ¡marcaba 23 mg/dL!

Cuando ocurrió este episodio me encontraba justo en el pasillo de jugos y mermeladas, así que tomé un jugo en tetrapak individual y quise dárselo con el popote, pero no respondía, la cabeza no podía sostenerla por él mismo y se veía como si quisiera vomitar.

Un recuerdo que salvó su vida

En un instante recordé haber escuchado que cualquier sustancia que introdujera por las mejillas o la parte baja del paladar, llegaba más rápido al torrente sanguíneo. No sé si esa teoría es cierta, pero no lo pensé dos veces y al ver un recipiente en forma de oso que contenía miel de abeja, lo abrí y comencé a untarle por dentro de los labios, mejillas, paladar y por todos lados, hasta que poco a poco fue “regresando” y en cuanto pudo tomó sólo el jugo que tenía a la mano.

Esos escasos minutos, me parecieron una eternidad mientras lograba hacer que mi hijo volviera en sí, frente a la mirada curiosa de su hermano que no sabía lo que ocurría y la mirada aterrada de mi hermana esperando que le diera una señal para salir corriendo al hospital.

Y ahora que recuerdo, también teníamos una mirada más: la de una persona de seguridad de la tienda, que no sé si estaba ahí para ayudar en caso de que se lo pidiéramos o estaba vigilando que no dejara los productos abiertos que había tomado en el anaquel.

Claro que terminé pagando los artículos que abrí en ese momento, mis hijos salieron muy contentos con sus botes en forma de oso con miel de abeja, una caja de jugos de sabores y mi hermana y yo con una gran lección: siempre traer a la mano jugos, dulces y una ampolleta de glucagón.

Comenté el episodio con el endocrinólogo en la siguiente visita, me dijo que había tenido mucha suerte de haberlo podido “rescatar” de esa forma pero que no me confiara y consiguiera lo antes posible el glucagón. También analizamos que lo que ocasionó la hipoglucemia fue que calculé mal la cantidad de insulina respecto a los alimentos que ingirió y por eso se fue más abajo, por lo que debía ser más cuidadosa en el conteo y cálculo de carbohidratos.

Creando nuestro Robert Kit

Me di a la tarea de conseguir la ampolleta en una farmacia de especialidades y comprar una mochila especial para que Robert siempre la llevara consigo, fue bautizada como su “Robert kit” que contenía todo lo necesario (en aquel entonces) para su cuidado: glucagón, dos jugos de 150 ml cada uno, jeringas, pluma de insulina, unas lunetas o dulces variados, glucómetro, tiras, algodón con alcohol.

Después de esa experiencia, hemos desechado ya 3 ampolletas de glucagón sin usar y tenemos siempre a la mano jugos y dulces.

El sentimiento

También Robert ha aprendido a detectar los síntomas de hipoglucemia, en cuanto tiene “el sentimiento” (mareo, debilidad, temblor) de inmediato se revisa y consume lo necesario para subir su glucosa, incluso hay ocasiones en las que de madrugada se levanta al sentirse mal.

Por el momento, las madrugadas y tiempos escolares son los momentos en que más temor experimentamos su papá y yo, pero a lo largo de los años hemos conseguido aliados: por las noches el despertador y el medidor continuo de glucosa pues nos ayudan a revisar al menos 2 veces la tendencia de su glucosa para prevenir posibles hipoglucemias. Y en la escuela sus maestros, servicio de enfermería, compañeros así como su instinto y sentido de responsabilidad que ha aprendido a desarrollar son sus mejores aliados.

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ESCRITO POR Gabriela Sánchez Aguilar, PUBLICADO 03/02/21, UPDATED 03/02/21

Soy Gabriela Sánchez Aguilar, tengo recién cumplidos 43 años (justo hoy 4 de enero es mi cumpleaños) originaria de la Ciudad de México, Licenciada en Derecho de profesión y “mamá páncreas honoris causa”. Formé una hermosa familia con un hombre extraordinario y dos hijos fantásticos, Roberto de 12 y Carlos de 8. Trabajo para el Gobierno Federal de mi país, en el Servicio de Administración Tributaria, y entre todo lo que aprendo día con día en el ámbito profesional, desde hace 7 años me he dado a la tarea de conocer y aplicar lo aprendido de la Diabetes Tipo 1 con mi hijo Roberto, desde aplicar una inyección hasta calcular la cantidad de glucosa que puede bajar una unidad de insulina, pasando por lo que son los carbohidratos, en qué alimentos se encuentran y un sinfín de términos médicos que jamás se me hubiera ocurrido que llegaría a almacenar en mi “disco duro”. El llegar a este punto de compartir un poco de la historia de mi hijo, ha sido parte de un proceso que ha tomado tiempo, pero hoy tengo la fortuna de hacerlo desde el amor, y no desde la tristeza, el enojo o la culpa que sentí cuando se llegó la Diabetes a nuestras vidas.